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20 de septiembre de 2013

Valdepeñas se prepara para una Magna Procesión Mariana

Las Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Valdepeñas preparan el proyecto:

"María, Pilar de la Fe"

Han diseñado un programa de actos que concluirá el próximo 12 de octubre con una magna procesión mariana por las calles de la localidad.




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Las ocho Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Valdepeñas y la Hermandad de la Virgen de Consolación, Patrona de Valdepeñas, una serie de actos y cultos extraordinarios que se realizarán con motivo de la culminación del Año de la Fe que fue propuesto en su día por Benedicto XVI, para este año 2013. A tal efecto se ha creado una Comisión Organizadora, formada por los nueve Hermanos Mayores de las Hermandades participantes, que ha ido dando forma a este proyecto denominado: "María, Pilar de la Fe".
La programación se iniciará en la tarde noche del 11 de octubre cuando las Hermandades de Semana Santa valdepeñeras peregrinarán con sus imágenes de la Virgen hasta la Iglesia de la Asunción, donde serán recibidas por la Imagen de Nuestra Patrona la Santísima Virgen de Consolación para pasar allí una noche de vigilia y oración. Al día siguiente se celebrará un acto público de culto, con una eucaristía, en homenaje a la Santísima Virgen María y después se llevará a cabo una Magna Procesión Mariana, en la que todas las imágenes de la Virgen con la patrona de la localidad, Virgen de Consolación, a la cabeza, y acompañadas de sus devotos, recorrerán las calles de Valdepeñas.
Por otra parte, en los días previos al 12 de octubre, se llevaran a cabo diversas actividades de carácter religioso, socio-caritativo, y culturales en las Iglesias y Capillas de las hermandades Santísima Virgen de Consolación, Ntra. Sra. de la Esperanza Macarena, Ntra. Sra. de la Soledad, Ntro. Padre Jesús Caído, Ntro. Padre Jesús Orando en el Huerto, Stmo. Cristo de la Misericordia, Ntro. Padre Jesús Nazareno Rescatado, Santo Sepulcro y Ntra. Señora de la Cabeza.

Si pinchas en el cartel y tendrás información sobre el evento.


Fuente: José Ramón Yébenes Canuto y Antonio Ruiz
Secretario y portavoz de la conión organizadora.


Festividad de la Exaltación de la Cruz

El pasado 14 de Septiembre, celebramos la fiesta de la Exaltación de la Cruz.



Pero ¿cuál es el origen y sentido de esta celebración católica?

Fiesta

Hacia el año 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Vera Cruz, la cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo, La Emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el sitio del descubrimiento la Basílica del Santo Sepulcro, en el que guardaron la reliquia.
Años después, el rey Cosroes II de Persia, en el 614 invadió y conquistó Jerusalén y se llevó la Cruz poniéndola bajo los pies de su trono como signo de su desprecio por el cristianismo. 

Pero en el 628 el emperador Heraclio logró derrotarlo y recuperó la Cruz y la llevó de nuevo a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. Para ello se realizó una ceremonia en la que la Cruz fuellevada en persona por el emperador a través de la ciudad. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Vera Cruz.
El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.

Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo. Nosotros no hubiéramos introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la rechazaban. Y nosotros también.

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.

Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.

Jesús, en plena juventud, es eliminado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la fuerza de su bondad: "En plenitud de vida y de sendero dio el paso hacia la muerte porque El quiso. Mirad, de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un Cordero" (Himno de Laudes).

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos olímpicamente, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.

Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade: "El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien estamos aquí!, decía Pedro. En Getsemaní se duerme, y, luego le niega.
"No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado" (León Bloy). "Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella todavía" (El Señor a Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La Cruz es un signo más, enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufrido -la madurez adquirida en el dolor- no pasa jamás. La Cruz son dos palos que se cruzan: si acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la Cruz de Jesús, besemos la nuestra, astilla de la suya.

Es la ambigüedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.

En el evangelio de la misa de este día,  se lee: "Cuando me eleven sobre la tierra, atraeré a Mí todas las cosas. (Pero esto lo decía indicando de qué muerte tenía que morir)" (lo. 12, 32). Nadie entendió esta paradoja: acaso pensarían en un trono, y en el mundo entero viniendo a rendir homenaje a Cristo. Hubiera sido imposible que imaginaran un trono en forma de cruz y una elevación a través del dolor: hacia la muerte y el abandono de Jesús acuden todas las cosas, acrecentando su propia desazón íntima para tender a ese centro de resolución y gloria.
 Pero se ha dejado elevar en tormento, porque lo que quería no era reinar simplemente sobre los hombres y las cosas, sino elevarlos, sacarlos de su ser caído, y hacerles subir hasta que fueran mundo suyo, y ya no mundo del pecado. Muerto, y muerto a manos de los hombres, y estrujado hasta quedar como cosa, humillado hasta el nivel de la materia misma, desde ahí acompaña el ascenso de todo, tira de todo para que por su cruz suba con Él al cielo.


Y la cruz volverá a estar en el trono de esplendor de Jesucristo, cuando vuelva para juzgar al mundo y darle la gloria final: cruz será el relámpago que le precederá, escrito en el cielo sobre los países, y el signo en su mano, como la llave de su poderío y la vara que divida el rebaño humano, a un lado o a otro, para siempre. De su paso por la tierra, sólo eso le quedará acompañando su carne gloriosa: la señal de la cruz, convertida de tortura en árbol de luz, lo mismo que todo dolor ha de resucitar hecho esplendor en nuestro cuerpo, y toda memoria convertida en alegría.