Nació alrededor del año 387, en Escocia, en Bennhaven Taberniae (pueblecito que hoy no se encuentra en los mapas). Murió en Irlanda alrededor del 461. No se conoce con exactitud los datos cronológicos del Apóstol de Irlanda.
San Clemente fue el noveno de 12 hijos, nacido en Moravia, Austria, en 1751. A la edad de siete años, fallece su padre, y por inculcasión materna, Cristo se convierte en el nuevo "padre" del santo, a quien decidirá, más adelante, consagrar su vida. A los 15 años trabaja como panadero en la panadería de un convento y el superior entusiasmado al ver su gran heroísmo por ayudar a los necesitados, lo ayuda a estudiar para el sacerdocio. Sin embargo, el superior fallece, y con ello, los estudios del joven seminarista, que años más tarde serán continuados con la ayuda de dos señoras ricas de la ciudad a quienes el santo las auxilió generosamente. Tras ser ordenado sacerdote, a la edad de 34 años, viajó a Roma e ingresó a una comunidad religiosa recién fundada y sumamente fervorosa: los Padres Redentoristas, donde será considerado como "el segundo fundador de los redentoristas" debido a su fecunda labor apostólica la cual logró la extensión de esta comunidad religiosa por el norte de Europa. San Clemente fue enviado por sus superiores a Varsovia, la capital de Polonia, y allí empezó a conseguir éxitos admirables. Durante nueve años predicó sin cansancio y fueron muchísimos los católicos indiferentes y los protestantes, y hasta judíos que se volvieron fervorosos católicos, sin contar las numerosas vocaciones sacerdotales que logró. Además, el santo fundó orfanatos para recoger y educar gratuitamente a la juventud desamparada por el gobierno debido a las recientes guerras que sumergieron en la pobreza a la población. Napoleón mandó suprimir la Comunidad Redentorista, y San Clemente fue expulsado del país, retornando a Austria, donde trabajará incansablemente los últimos 12 años de su vida, entregando ese don de sencillez en todas sus predicaciones para que la gente pudiese entender la Palabra Eterna y se convirtiese. Sin embargo, por decreto del emperador austriaco, a San Clemente se le prohibió predicar, e incluso algunos enemigos del santo intercedieron ante el emperador para que lo expulsaran del país. Gracias a la intersección del Pontífice, San Clemente permaneció en Viena, pero sin poder predicar. Frente a esto, el santo logró sacar gran provecho a esta situación adversa pues se dedicó con el entusiasmo y empeño que lo caracterizaban a administrar el sacramento de la Reconciliación y atender a los enfermos. Su confesionario llegó a ser una fuente de influencia tan poderosa en muchísimos penitentes, que fue llamado "El Apóstol de Viena", pasando horas y horas absolviendo e impartiendo dirección espiritual, lo cual produjo un despertar religioso en toda la ciudad. Varios de sus discípulos fundaron periódicos católicos, otros se oponían fuertemente en la universidad a los que atacaban a la religión católica y buen número de ellos fue formando un partido católico que más tarde será una fuerza poderosa que defenderá la religión. San Clemente fallece 15 de marzo de 1820. El día de su entierro llega la orden del emperador aprobando que en Austria se extienda la Comunidad de Redentoristas.
El Evangelio de hoy nos presenta a un ciego de nacimiento
que mendiga junto al camino. Jesús lo ve (mientras otros pasan de largo), hace
barro con saliva, unge sus ojos y le envía a lavarse en la piscina de Siloé. El
hombre va, se lava, y regresa habiendo recuperado la vista.
Este milagro desencadena una serie de interrogatorios por
parte de los fariseos que no quieren creer. El ciego, en cambio, crece en su fe
hasta reconocer la divinidad de Jesús: primero dice que Jesús es "ese
hombre", luego "un profeta", luego "viene de Dios", y
finalmente confiesa: "Creo, Señor", y lo adora. Mientras tanto, los
fariseos que presumen de ver se hunden en su ceguera espiritual.
El relato nos habla de las distintas cegueras: la física
(que Jesús cura), y la espiritual (que solo se cura si reconocemos que estamos
ciegos). Jesús dice: "He venido para que los que no ven vean, y los que
ven se queden ciegos". Los fariseos preguntan: "¿También nosotros
estamos ciegos?" Y Jesús responde: "Si estuvierais ciegos, no
tendríais pecado, pero como decís: 'Vemos', vuestro pecado permanece".
El Salmo 22, "El Señor es mi pastor", nos
recuerda que Dios nos guía y nos cuida. La primera lectura nos enseña que Dios
mira el corazón, no las apariencias: David, el más pequeño, es elegido.
Jesús nos acompaña como luz que ilumina nuestras
tinieblas. Nos invita a reconocer nuestra ceguera para poder ser curados. Nos
llama a pasar de las tinieblas a la luz, como dice San Pablo en la segunda
lectura.
San Longinios fue el centurión que por órdenes de Pilatos, estuvo con otros soldados al pie de la cruz de Nuestro Señor y el que traspasó su costado con una lanza. Longinos fue quien, al ver las portentosas convulsiones de la naturaleza que se produjeron a la muerte de Cristo, pronunció la famosa frase que le hizo el primer convertido a la fe cristiana: "Verdaderamente, Este era Hijo de Dios". También se dice que se estaba quedando ciego y al dar la lanzada, una gota del Salvador cayó sobre sus ojos y lo dejó sano al instante; por tal razón, abandonó la carrera de soldado y después de haber sido instruido por los apóstoles, llevó una vida monástica en Cesárea, Capadocia, donde ganó muchas almas para Cristo por medio de palabras y ejemplo.
Muy pronto cayó en manos de los perseguidores, que lo llevaron a juicio y como se rehusó a ofrecer sacrificio, el gobernador ordenó que se le quebrantaran a golpes todos los dientes y que le cortaran la lengua. Sin embargo, el santo cogió una hacha y redujo a fragmentos los ídolos, de donde salió una horda de demonios que se apoderó del gobernador y sus ayudantes, que comenzaron a dar gritos y gemidos. Longinos fue hacia el gobernador y le dijo que solo con su muerte podrá ser curado, por lo que fue condenado a ser decapitado. Tan pronto fue ejecutado el santo, el gobernador mostró su arrepentimiento y en el mismo momento recuperó la cordura y terminó su vida haciendo toda clase de buenas obras.
Era descendiente del famoso guerrero Widukind e hija del duque de Westfalia. Desde niña fue educada por las monjas del convento de Erfurt y adquirió una gran piedad y una fortísima inclinación hacia la caridad para con los pobres.
Hija de un pariente del Emperador Teodosio I, al morir su padre, Eufrasia se crió bajo la protección del emperador y al cumplir los cinco años de edad, éste la comprometió en matrimonio con el hijo de un rico senador. La madre de Eufrasia comenzó a ser solicitada en matrimonio con tanta asiduidad, que decidió partir a Egipto y refugiarse en un convento. Eufrasia de siete años, se sintió atraída fuertemente hacia la vida religiosa y rogó a las monjas que le permitieran permanecer con ellas, tomando los hábitos como novicia a la edad de ocho años. Pronto su madre falleció, y la santa permaneció en la soledad del convento creciendo en gracia y hermosura.
Cuando la muchacha cumplió los doce, el Emperador Arcadio recordó la promesa que había hecho a su sucesor de Teodosio I y envió un mensaje al convento de Egipto rogando a Eufrasia que regresara a casarse con el senador a quien había prometido. La santa se negó a abandonar el convento y escribió una carta al emperador suplicando que la dejara en libertad, que vendiese todos los bienes heredados de sus padres para que sean distribuidos entre los pobres así como dejar libres a todos los esclavos de su casa.
El emperador accedió a los deseos de Eufrasia, quien prosiguió su vida habitual en el convento; sin embargo la santa comenzó sufrir tentaciones para lo cual la abadesa, le confió duras y humillantes tareas para distraer su atención. Ya en su lecho de muerte, tanto Julia su compañera de celda y la abadesa le imploraron a la santa que le obtuviera la gracia de estar con ella en el cielo. Tres días después de la muerte de Eufrasia, Julia falleció y poco tiempo después, lo hizo la abadesa.
La "pasión" de San Maximiliano es uno de los más valiosos documentos del juicio y muerte de uno de los primeros mártires. Durante el consulado de Tuscus y Anulinus, comparecieron ante la corte Víctor y su hijo Maximiliano. El juez, al interrogar a Maximiliano sobe sus datos personales, éste le contestó que él era cristiano y que por lo tanto no podía servir como soldado. El juez volvió a insistir con amenazas de tortura y muerte, pero el santo se mantuvo firme en su adhesión a Jesús.
Maximiliano tenía 21 años cuando fue condenado a ser decapitado, sentencia que recibió con mucha alegría y alabanzas a Dios, para sorpresa de sus verdugos. De camino al sitio de la ejecución, habló a los cristianos: "Amados hermanos, apresúrense a alcanzar la visión de Dios y a merecer una corona como la mía". Al primer golpe lo decapitaron y una mujer llamada Pompeya obtuvo el cuerpo de Maximiliano y le dio cristiana sepultura. El padre del santo se fue a su casa regocijado, agradeciendo al Señor por permitirle enviar tal regalo al cielo. No tardó mucho en seguir a su hijo.
San Eulogio nació en Córdoba, España, en el año 800. En sus tiempos, Córdoba, estaba ocupada por los musulmanes o mahometanos, los cuales solamente permitían a los cristianos ir a misa pagando un impuesto y elevado por cada vez que fueran a la Iglesia, pero castigaban con pena de muerte al que hablara en público de Jesucristo, fuera de la Iglesia.
La familia de Eulogio se conservaba en su fe católica en medio perdida de fe de la mayoría de los católicos, que la habían abandonado por miedo a las amenazas del gobierno musulmán.
Tuvo por maestro a uno de los más grandes sabios de su tiempo, al famoso Esperaindeo, el cual lo formó muy bien en filosofía y otras ciencias. Como compañeros de estudios tuvo a Pablo Álvarez, el cual fue siempre su gran amigo y escribió más tarde la vida de San Eulogio con todos los detalles que logró ir coleccionado. “Era muy piadoso y muy mortificado. Sobresalía en todas las ciencias, pero especialmente en el conocimiento de la Sagrada Escritura. Su rostro se conservaba siempre amable y alegre. Era tan humilde que casi nunca discutía y siempre se mostraba muy respetuoso con las opiniones de los otros, y lo que no fuera contra la Ley de Dios o la moral, no lo contradecía jamás. Su trato era tan agradable que se ganaba la simpatía de todos los que charlaban con él. Su descanso preferido era ir a visitar templos, casas de religiosos y hospitales. Los monjes le tenían tan grande estima que lo llamaban como consultor cuando tenían que redactar los Reglamentos de sus conventos. Esto le dio ocasión de visitar y conocer muy bien un gran número de casas religiosas en España”
Ordenado sacerdote, repartió su vida entre la contemplación dentro de los monasterios próximos a la ciudad y la cura pastoral. Su celo era tal que, como dice su biógrafo, “tenía gracia para sacar a los hombres de su miseria y sublimarlos al reino de la luz”.
En el año 848 emprendió un viaje hacia Francia, pero al querer atravesar por la Marca Hispánica, encontró dificultades debido una rebelión contra el rey de Francia Occidental Carlos el Calvo. Intentó entonces pasar a Francia a través de Pamplona, pero allí también se estaba produciendo problemas por los cuales no pudo pasar. Acogido por el obispo de Pamplona, comenzó a viajar por los monasterios pirenaicos para difundir entre las autoridades eclesiásticas mozárabes de al-Ándalus importantes obras de la cultura cristiana y occidental.
No pudo pasar, y regresó, deteniéndose en Toledo, junto al obispo Wistremiro. Este viaje fue sumamente útil al sacerdote cordobés porque descubrió la mentalidad de los cristianos independientes del poder musulmán y pudo enriquecer las escuelas de Córdoba con libros latinos que no se encontraban en la España musulmana, gracias a que estuvo recolectando varios de ellos por su viaje.
En el año 850 estalló la persecución contra los católicos de Córdoba por el gobierno musulmán, que mandó a asesinar a un sacerdote y luego a un comerciante católico. Los creyentes más fervorosos se presentaron ante el alcalde de la ciudad para protestar por estas injusticias, y declarar que reconocían a Jesucristo y no a Mahoma. A estos enseguida los mandaron torturar y los hicieron degollar. Murió un gran número de personas, de todas las edades, entre ellos también, muchos de los que habían perdido la fe, pero luego de esto la recuperaron, así haciendo pública su elección por Jesús, y murieron mártires.
A dos jóvenes católicas las llevaron a la cárcel, amenazándolas terriblemente si no renegaban de su fe. Las dos estaban muy desanimadas, pero San Eulogio se enteró y compuso para ellas un animador librillo llamado “Documento martirial”, y les aseguró que el Espíritu Santo les concedería un valor que ellas nunca habían imaginado tener y que no les permitiría perder su honor. Las dos jóvenes proclamaron valientemente su fe en Jesucristo y le escribieron al santo que en el cielo rogarían por él y por los católicos de Córdoba para que no desmayaran de su fe. Fueron martirizadas, así pasando a la eternidad con nuestro Padre. Sin embargo, el obispo de Toledo, Eulogio, fue encarcelado, donde escribió muchos libros sobre el martirio, pero luego logro salir de la cárcel, encontrándosecon Iglesias y escuelas cristianas destruidas.
Eulogio, vigilado siempre por el gobierno musulmán, se veía obligado a cambiar constantemente de lugar, siendo detenido a principios del 859 por haber ayudado a ocultarse a una joven llamada Leocricia, hija de padres musulmanes, que había sido convertida por una monja. Lucrecia y Eulogio fueron llevados ante el juez, que por el hecho de que Eulogio era obispo de Toledo hicieron que el juicio se desarrollara ante el emir, el cual tuvo que oír de sus labios una defensa ardiente al cristianismo. En vista de esto fue condenado a decapitación.
Murió como mártir de Cristo en la tarde de un sábado del 11 de marzo del 859. Su cuerpo fue sepultado en la basílica de San Zoilo. También la joven que murió junto a él, fue proclamada Santa Lucrecia.