Santa Gemma nació el 12 de marzo de 1878 en el pueblo de Borgonovo de Capannori, Italia. Tuvo como padre a Enrique Galgani y Aurelia Landi, quienes tuvieron 8 hijos -Carlos, Guido, Héctor, Gino, Antonio, Angelina y Julita-. De ellos, Gemma fue la cuarta en nacer y la primera niña de la familia.
Miquel Argemir i Mitjà (1591-1626) nació en Vic, un municipio de Barcelona. Fue el séptimo de los ocho hermanos de una familia cristiana. Cuentan sobre él que dormía bajo su cama y que utilizaba una piedra como almohada.
Siendo muy joven, Miquel siente la llamada de Dios y decide emprender una vida como ermitaño, refugiándose en el Macizo del Montseny. Y, con sólo doce años, es admitido como monaguillo en los trinitarios calzados de Barcelona, provocando la sorpresa entre los religiosos debido a su fervor y devoción hacia el sacramento de la Eucaristía.
Su maestro de novicios, ya en el convento de San Lamberto, llegó a afirmar sobre él cuando tenía quince años que "Fray Miguel era de una humildad profundísima, tenía una especial diligencia para hacer los servicios más modestos y para prestar la ayuda en lo más pequeño".
Por ello, un tiempo después recibió el hábito descalzo, emitiendo los votos y tomando el nombre de Miguel de los Santos. Se trasladó a Salamanca y estudió Teología. De hecho, se cuenta que obró un milagro. Ante la presencia del maestro Antolínez, Miguel dio un grito y se elevó a una altura de un metro sobre el suelo, con los brazos en cruz y la mirada perdida.
Las conversiones que consiguió durante sus predicaciones le valieron para ser ordenado sacerdote. Preparaba sus sermones pasando tres días en oración a los pies de un crucificado. Con frecuencia y mientras celebraba el acto litúrgico, el milagro de Salamanca volvía a repetirse ante la mirada de su público. Por ello, se ganó el apodo de El extático. El santo reflejó sus experiencias místicas en su obra La tranquilidad del alma.
Era la hija de un rey moro de Toledo, del cual no se sabe con exactitud su nombre, se le llamaba Almacrin o Almadún. A este rey se le conoce como sanguinario perseguidor de cristianos.
Santa Casilda era una princesa clemente y tierna, que a pesar de todas las comodidades que le brindaba la corte, sufría por los desafortunados que se encontraban en las mazmorras de su padre. A ellos los intenta consolar llevándoles viandas escondidas en su falda. Se dice que cuando su padre la descubrió en esta labor, le preguntó por el contenido de lo que transportaba, a lo que ella contestó:¡Rosas! y al extender la falda fueron rosas lo que aparecieron.
Producto de una grave dolencia y ante la poca pericia de los médicos de su padre, la lleva a las aguas milagrosas de San Vicente por Castilla. En el camino, en Burgos, recibe el Bautismo y marcha luego a los lagos de San Vicente.
Una vez curada decide consagrar su virginidad a Cristo pasando el resto de sus días en soledad dedicada a la oración y penitencia.
Muere de edad avanzada y fue sepultada en la ermita que ella mandó construir. Se dice que se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación.
Durante el reinado del emperador Marco Aurelio, San Dionisio fue uno de los más distinguidos hombres de Iglesia del siglo II. Además de instruir y guiar a su grey, el santo escribió; cartas a las Iglesia de Atenas, Lacedomonia, Nicomedia, Knosos y Roma, a los cristianos de Sortina y Amastris. Casi todas las herejías de los tres primeros siglos provenían de los principios de la filosofía pagana por lo que San Dionisio se dedicó; hacerlo notar entre sus fieles y a descubrir la escuela filosófica que había dado origen a cada herejía.
Por otro lado, San Dionisio exhortaba a menudo a sus fieles y a las otras iglesias a practicar la caridad y solidaridad con aquellas comunidades cristianas que más lo necesitaban. Aunque es probable que Dionisio haya muerto naturalmente, los griegos lo veneran como mártir, por lo mucho que sufrió; por la fe.