14 de diciembre de 2025

III DOMINGO DE ADVIENTO 2025 - CICLO A


Queridos niños y niñas, en este tercer domingo de Adviento la Iglesia nos invita a la alegría, y por eso el color litúrgico se vuelve rosa, como un amanecer que anuncia que la luz está ya muy cerca.

En este Adviento, estamos abriendo cada domingo la ventana de nuestra vida, dejando entrar la luz nueva de Dios y el viento del Espíritu que renueva y oxigena nuestra vida. Hoy, al abrir un poco más esa ventana, descubrimos a GABRIEL, el mensajero de la Buena Noticia. Él nos recuerda que el Señor viene, que María se prepara, y que nosotros también debemos preparar la canastilla del corazón para acoger al Salvador.

Que el viento del Adviento despeje nuestra alma de telarañas y limpiemos los cristales de nuestra mirada para que podamos ver con claridad la Luz que se acerca. Comencemos esta Eucaristía con gratitud y confianza, encendamos la tercera vela, y decimos: “Señor Jesús, queremos estar despiertos para cuando Tú llegues.”

ORACIÓN PARA ENCENDER EL TERCER CIRIO DE ADVIENTO

Señor Jesús,

hoy abrimos todavía más la ventana del Adviento

para que entre tu luz de alegría.

Ya hemos despertado con Noé,

a hemos empezado a cambiar con Juan Bautista.

Ahora queremos que nazca en nosotros

la alegría verdadera,

esa que viene solo de Ti.

Encendemos la tercera vela

como un pequeño fuego de esperanza,

porque tu luz ya es más grande que nuestra oscuridad

y nos invita a alegrarnos porque los signos de tu Reino

Ya están entre nosotros.

Señor Jesús,

haz que esta luz alegre

y prepare nuestro corazón

para tu llegada.

Ven, Señor Jesús,

y enciende en nosotros la alegría que no se apaga. Amén.

PETICIONES DE PERDÓN

Jesús quiere entrar, pero a veces no le abrimos. Por eso, le pedimos perdón:

• Señor: cuando llamas a nuestra puerta, a veces ni te escuchamos. Por eso te decimos. Señor, ten piedad.

• Señor: Tú vives en los pobres y necesitados, pero a veces ni nos damos cuenta. Por eso te decimos.

Cristo, ten piedad.

• Señor: No te vemos en los demás porque miramos demasiado a las cosas materiales. Por eso te decimos.

Señor, ten piedad.

VER:

Comenzábamos el tiempo de Adviento diciendo que es como cuando abrimos una ventana por la mañana para que entre la luz nueva y el aire fresquito que lo renueva todo. Por eso, durante el Adviento tenemos delante el dibujo de una ventana, que vamos abriendo cada domingo.

Decíamos también que, si en nuestra casa no abrimos las ventanas y estamos con las persianas bajadas, el aire no huele bien, la casa está oscura, se hacen humedades, no vemos bien para limpiar… Y aunque nosotros no lo notemos, si llega alguien de visita sí que lo nota.

Eso mismo ocurre con nuestra alma: a veces la tenemos como cerrada y con la persiana bajada. Esto ocurre cuando no rezamos, cuando no participamos en la Eucaristía, cuando nuestro comportamiento no es conforme a lo que Jesús nos enseña… Y cuando esto ocurre, lo que hacemos y pensamos “no huele bien”, el pecado va dejando telarañas y suciedad en nuestra alma… Y nosotros no nos damos cuenta, pero los demás sí que lo notan.

En Navidad celebramos que Jesús viene a visitarnos. Por eso, para recibirle bien, antes hemos de “ventilar” nuestra alma y “limpiar los cristales”, es decir, nuestra mirada. Cuando una ventana tiene los cristales sucios, no se ve bien a través de ella; del mismo modo, si nuestra mirada no está “limpia”, tampoco podremos ver bien a los demás ni podremos distinguir bien a Jesús cuando venga.

Cuando vamos abriendo la ventana de nuestra vida y limpiando nuestra mirada, podemos ver mejor la “suciedad y telarañas”, es decir, el pecado, para poderlo limpiar con el Sacramento de la Reconciliación.

Y, además, también entra el “aire limpio” del Espíritu Santo, que renueva y oxigena nuestra alma.

Y así estaremos bien preparados para recibir la visita de Jesús.

JUZGAR:

La Palabra de Dios, cada domingo de Adviento, nos va a ayudar a que abramos la ventana de nuestra vida y vayamos limpiando todo lo que nos impide ver bien a Jesús, que viene a nosotros.

El primer domingo, con el ejemplo del relato de Noé, se nos invitaba a no estar “adormilados” e identificar qué cosas me hacen estar distraído: pensar mucho en los regalos, en los adornos, en las comidas, en las fiestas… y nos proponíamos rezar al comenzar el día o al terminarlo, o leer el Evangelio, y no faltar ningún domingo a la Eucaristía, porque sabemos que viene Jesús y hemos de estar preparados.

La semana pasada, con la llamada de Juan el Bautista a convertirnos, nos propusimos seguir limpiando los cristales de nuestra mirada, para ver bien, para identificar qué “desorden” y qué “trastos” hay en nuestra vida. El desorden puede ser que, aunque queremos rezar cada día, o leer el Evangelio, pero nunca encontramos tiempo y se nos pasa. Nos proponíamos marcarnos una hora concreta: por ejemplo, 5 minutos antes de comer, o de cenar; o bien, enseguida que me meto en la cama.

Y los trastos son todo eso que me absorbe demasiado: móvil, videojuegos, series de televisión, mucho tiempo en el parque jugando… Y también nos marcábamos un tiempo concreto para todo eso.

Y decíamos que, con la fuerza del Espíritu y sus dones, nos iremos “convirtiendo”, nos iremos renovando por dentro y haremos como el saltamontes, no dejaremos que los obstáculos nos detengan en la preparación de la Navidad. Y así estaremos preparando y allanando bien el camino para recibir a Jesús.

Esta semana abrimos la tercera parte de la ventana del Adviento, y en la 1ª lectura, el profeta Isaías sigue poniéndonos delante la visión del futuro que Dios quiere para todos: “Contemplarán la gloria del Señor… se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán…” Una visión que nos perderemos si no abrimos la ventana de nuestra vida y no limpiamos los cristales de nuestra mirada.

Por eso, Isaías también nos dice: “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes”, para que la esperanza de alcanzar lo que Dios nos ofrece nos haga prepararnos con más alegría y esperanza.

Y los preparativos para recibir a Jesús no hay que hacerlos aprisa y corriendo, por eso en la2ª lectura el apóstol Santiago decía: “Esperad con paciencia hasta la venida del Señor”, y nos ha puesto el ejemplo de un labrador, que hace lo que tiene que hacer pero sabe esperar a que se produzca el fruto.

También nosotros hemos de tener paciencia al abrir la ventana de nuestra vida y limpiar nuestra mirada: vamos mejorando pero los cambios no se producen de inmediato, hay que saber esperar… sin prisa pero sin pausa, sin despistarnos, como decíamos la semana pasada, porque también ha dicho Santiago: “El Señor está cerca”.

En el Evangelio, unos discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Parece que estos discípulos todavía no han limpiado bien su mirada porque no ven claro. Y Jesús les “limpia los cristales” para que se fijen en lo que tienen delante: “Los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados”.

La Luz de Jesús ya está ahí, pero ellos no se dan cuenta, y lo mismo nos puede pasar a nosotros, todavía no sabemos distinguir las señales de Jesús. Por eso hemos de seguir preparándonos para acogerle.

ACTUAR

En el dibujo de la ventana vemos el ángel que lleva una canastilla de bebé. Cuando un niño está a punto de nacer, su madre y su padre preparan “la canastilla”, que contiene lo necesario para cuidar al recién nacido: pañales, biberón, algo de ropita, alguna crema… Y así, cuando el bebé nace, no tienen que ir aprisa y corriendo a comprar lo necesario.

Pues hoy a nosotros se nos invita a tener lista la “canastilla” para el ya muy próximo nacimiento de Jesús. Sin prisa, con paciencia, pero sin despistarnos, hemos de tener preparado lo necesario para vivir con alegría el nacimiento de Jesús.

Como ya llevamos unas semanas preparándonos, no se trata de añadir más cosas a la “canastilla”, sino de hacer mejor lo que ya estoy haciendo para que en mi vida entre el viento del Adviento. Según lo que nos decía Isaías, ¿qué he de fortalecer y afianzar? Reviso los compromisos de las semanas anteriores: rezar al comenzar el día o al terminarlo, leer el Evangelio, no faltar ningún domingo a la Eucaristía, identificar lo que me absorbe demasiado y me quita tiempo… y veo si los estoy cumpliendo o necesito hacer algunos ajustes.

Y, para hacer lo que Jesús decía en el Evangelio, también puedo limpiar más mi mirada para “ver y oír” a mi alrededor las obras de amor, los gestos de misericordia, las palabras de reconciliación que son signos de que la Luz de Jesús ya está en nuestro mundo. Y me propongo poner en mi “canastilla” algún favor, algún gesto de cariño que pueda tener yo con alguien.

Aunque ya parece que “estamos en Navidad”, todavía faltan unos días. Tengamos paciencia, como decía Santiago, acabemos de abrir la ventana de nuestra vida para que entre bien el Espíritu Santo y sigamos limpiando bien los cristales de nuestra mirada, para que la alegría que ya estamos viviendo este domingo sea aún mayor cuando celebremos la Navidad.











SAN JUAN DE LA CRUZ


Nació en Fontiveros, provincia de Ávila (España), hacia el año 1542. Pasados algunos años en la Orden de los carmelitas, fue, a instancias de santa Teresa de Ávila, el primero que, a partir de 1568, se declaró a favor de su reforma, por la que soportó innumerables sufrimientos y trabajos. Murió en Úbeda el año 1591, con gran fama de santidad y sabiduría, de las que dan testimonio precioso sus escritos espirituales.