Matilde significa: "valiente en la batalla"
- Biografía de Santa Matilde, Reina
- Oración a Santa Matilde, reina
- Santa Matilde en la Enciclopedia Católica
Blog Educativo: Religión Católica. CEIP Luis Palacios Valdepeñas (Cuidad Real)
Matilde significa: "valiente en la batalla"
Era descendiente del famoso guerrero Widukind e hija del duque de Westfalia. Desde niña fue educada por las monjas del convento de Erfurt y adquirió una gran piedad y una fortísima inclinación hacia la caridad para con los pobres.
Hija de un pariente del Emperador Teodosio I, al morir su padre, Eufrasia se crió bajo la protección del emperador y al cumplir los cinco años de edad, éste la comprometió en matrimonio con el hijo de un rico senador. La madre de Eufrasia comenzó a ser solicitada en matrimonio con tanta asiduidad, que decidió partir a Egipto y refugiarse en un convento. Eufrasia de siete años, se sintió atraída fuertemente hacia la vida religiosa y rogó a las monjas que le permitieran permanecer con ellas, tomando los hábitos como novicia a la edad de ocho años. Pronto su madre falleció, y la santa permaneció en la soledad del convento creciendo en gracia y hermosura.
Cuando la muchacha cumplió los doce, el Emperador Arcadio recordó la promesa que había hecho a su sucesor de Teodosio I y envió un mensaje al convento de Egipto rogando a Eufrasia que regresara a casarse con el senador a quien había prometido. La santa se negó a abandonar el convento y escribió una carta al emperador suplicando que la dejara en libertad, que vendiese todos los bienes heredados de sus padres para que sean distribuidos entre los pobres así como dejar libres a todos los esclavos de su casa.
El emperador accedió a los deseos de Eufrasia, quien prosiguió su vida habitual en el convento; sin embargo la santa comenzó sufrir tentaciones para lo cual la abadesa, le confió duras y humillantes tareas para distraer su atención. Ya en su lecho de muerte, tanto Julia su compañera de celda y la abadesa le imploraron a la santa que le obtuviera la gracia de estar con ella en el cielo. Tres días después de la muerte de Eufrasia, Julia falleció y poco tiempo después, lo hizo la abadesa.
La "pasión" de San Maximiliano es uno de los más valiosos documentos del juicio y muerte de uno de los primeros mártires. Durante el consulado de Tuscus y Anulinus, comparecieron ante la corte Víctor y su hijo Maximiliano. El juez, al interrogar a Maximiliano sobe sus datos personales, éste le contestó que él era cristiano y que por lo tanto no podía servir como soldado. El juez volvió a insistir con amenazas de tortura y muerte, pero el santo se mantuvo firme en su adhesión a Jesús.
San Eulogio nació en Córdoba, España, en el año 800. En
sus tiempos, Córdoba, estaba ocupada por los musulmanes o mahometanos, los
cuales solamente permitían a los cristianos ir a misa pagando un impuesto y
elevado por cada vez que fueran a la Iglesia, pero castigaban con pena de
muerte al que hablara en público de Jesucristo, fuera de la Iglesia.
La familia de Eulogio se conservaba en su fe católica en
medio perdida de fe de la mayoría de los católicos, que la habían abandonado
por miedo a las amenazas del gobierno musulmán.
Tuvo por maestro a uno de los más grandes sabios de su
tiempo, al famoso Esperaindeo, el cual lo formó muy bien en filosofía y otras
ciencias. Como compañeros de estudios tuvo a Pablo Álvarez, el cual fue siempre
su gran amigo y escribió más tarde la vida de San Eulogio con todos los
detalles que logró ir coleccionado. “Era muy piadoso y muy mortificado.
Sobresalía en todas las ciencias, pero especialmente en el conocimiento de la
Sagrada Escritura. Su rostro se conservaba siempre amable y alegre. Era tan
humilde que casi nunca discutía y siempre se mostraba muy respetuoso con las
opiniones de los otros, y lo que no fuera contra la Ley de Dios o la moral, no
lo contradecía jamás. Su trato era tan agradable que se ganaba la simpatía de todos
los que charlaban con él. Su descanso preferido era ir a visitar templos, casas
de religiosos y hospitales. Los monjes le tenían tan grande estima que lo
llamaban como consultor cuando tenían que redactar los Reglamentos de sus
conventos. Esto le dio ocasión de visitar y conocer muy bien un gran número de
casas religiosas en España”
Ordenado sacerdote, repartió su vida entre la
contemplación dentro de los monasterios próximos a la ciudad y la cura
pastoral. Su celo era tal que, como dice su biógrafo, “tenía gracia para sacar
a los hombres de su miseria y sublimarlos al reino de la luz”.
En el año 848 emprendió un viaje hacia Francia, pero al querer atravesar por la Marca Hispánica, encontró dificultades debido una rebelión contra el rey de Francia Occidental Carlos el Calvo. Intentó entonces pasar a Francia a través de Pamplona, pero allí también se estaba produciendo problemas por los cuales no pudo pasar. Acogido por el obispo de Pamplona, comenzó a viajar por los monasterios pirenaicos para difundir entre las autoridades eclesiásticas mozárabes de al-Ándalus importantes obras de la cultura cristiana y occidental.
No pudo pasar, y regresó, deteniéndose en Toledo, junto
al obispo Wistremiro. Este viaje fue sumamente útil al sacerdote cordobés
porque descubrió la mentalidad de los cristianos independientes del poder
musulmán y pudo enriquecer las escuelas de Córdoba con libros latinos que no se
encontraban en la España musulmana, gracias a que estuvo recolectando varios de
ellos por su viaje.
En el año 850 estalló la persecución contra los católicos
de Córdoba por el gobierno musulmán, que mandó a asesinar a un sacerdote y
luego a un comerciante católico. Los creyentes más fervorosos se presentaron
ante el alcalde de la ciudad para protestar por estas injusticias, y declarar
que reconocían a Jesucristo y no a Mahoma. A estos enseguida los mandaron
torturar y los hicieron degollar. Murió un gran número de personas, de todas
las edades, entre ellos también, muchos de los que habían perdido la fe, pero
luego de esto la recuperaron, así haciendo pública su elección por Jesús, y
murieron mártires.
A dos jóvenes católicas las llevaron a la cárcel,
amenazándolas terriblemente si no renegaban de su fe. Las dos estaban muy
desanimadas, pero San Eulogio se enteró y compuso para ellas un animador
librillo llamado “Documento martirial”, y les aseguró que el Espíritu Santo les
concedería un valor que ellas nunca habían imaginado tener y que no les
permitiría perder su honor. Las dos jóvenes proclamaron valientemente su fe en
Jesucristo y le escribieron al santo que en el cielo rogarían por él y por los
católicos de Córdoba para que no desmayaran de su fe. Fueron martirizadas, así
pasando a la eternidad con nuestro Padre. Sin embargo, el obispo de Toledo,
Eulogio, fue encarcelado, donde escribió muchos libros sobre el martirio, pero
luego logro salir de la cárcel, encontrándose
con Iglesias y escuelas cristianas destruidas.
Eulogio, vigilado siempre por el gobierno musulmán, se
veía obligado a cambiar constantemente de lugar, siendo detenido a principios
del 859 por haber ayudado a ocultarse a una joven llamada Leocricia, hija de
padres musulmanes, que había sido convertida por una monja. Lucrecia y Eulogio
fueron llevados ante el juez, que por el hecho de que Eulogio era obispo de
Toledo hicieron que el juicio se desarrollara ante el emir, el cual tuvo que
oír de sus labios una defensa ardiente al cristianismo. En vista de esto fue
condenado a decapitación.
Murió como mártir de Cristo en la tarde de un sábado del
11 de marzo del 859. Su cuerpo fue sepultado en la basílica de San Zoilo.
También la joven que murió junto a él, fue proclamada Santa Lucrecia.
El santoral católico recuerda en el día de hoy, 10 de
marzo, a Santa María Eugenia de Jesús, una religiosa que fundó la Congregación
de Hermanas de la Asunción en París
Nacida en el seno de una familia burguesa en la ciudad francesa de Metz, la
educación que le inculcan a Ana Eugenia Milleret de Brou, como así fue llamada
la santa en su bautismo, incentiva en ella una gran curiosidad intelectual en
una época que estuvo marcada por el Romanticismo. Como tal, la religión
católica no está presente en su vida durante sus primeros años, aunque los
valores que le inculcan desde pequeña casan a la perfección con lo que
predican la Iglesia desde el cristianismo.
La muerte de dos hermanos y la separación de sus padres la llevan con tan sólo 15 años a París, a donde se traslada para vivir junto a su madre. Sin embargo, poco puede disfrutar de la compañía de su progenitora en la capital francesa, ya que el cólera hace enfermar rápidamente a su madre, dejando huérfana a la joven y motivando su conversión al cristianismo. A los 19 años, Ana Eugenia Milleret encuentra en el padre Combalot a su confesor y es ese sacerdote quien designa que va a ser la fundadora de una congregación que el religioso lleva tiempo deseando formar, y que estará enfocada en una vida comunitaria de oración y estudio.
El primer colegio de la orden abre sus puertas en 1841 y está destinado a
inculcar los valores tradicionales de la religión en el marco de modernidad que
se daba en la época. Se trata de un proyecto en el que Santa María Eugenia de
Jesús estuvo involucrada durante toda su vida hasta su fallecimiento en
1898.
Lectura
del santo evangelio según san Lucas (4,1-13):
En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió
del Jordán y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el
desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió
hambre.
Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a
esta piedra que se convierta en pan.»
Jesús le contestó: «Está escrito: No sólo de pan vive el
hombre».
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un
instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de
todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te
arrodillas delante de mi, todo será tuyo.»
Jesús le contestó: «Está escrito: Al Señor, tu Dios,
adorarás y a él solo darás culto».
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del
templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está
escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán
en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».
Jesús le contestó: Está mandado: «No tentarás al Señor,
tu Dios».
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta
otra ocasión.
Palabra del Señor
Evangelio
Comentado por:
José Antonio Pagola
LUCIDED
Y FIDELIDAD
No le resultó fácil a Jesús mantenerse fiel a la misión
recibida de su Padre sin desviarse de su voluntad. Los evangelios recuerdan su
lucha interior y las pruebas que tuvo que superar, junto a sus discípulos, a lo
largo de su vida.
Los maestros de la ley lo acosaban con preguntas
capciosas para someterlo al orden establecido, olvidando al Espíritu, que lo
impulsaba a curar incluso en sábado. Los fariseos le pedían que dejara de
aliviar el sufrimiento de la gente y realizara algo más espectacular, «un signo
del cielo», de proporciones cósmicas, con el que Dios lo confirmara ante todos.
Las tentaciones le venían incluso de sus discípulos más
queridos. Santiago y Juan le pedían que se olvidara de los últimos y pensara
más en reservarles a ellos los puestos de más honor y poder. Pedro le reprende
porque pone en riesgo su vida y puede terminar ejecutado.
Sufría Jesús y sufrían también sus discípulos. Nada era
fácil ni claro. Todos tenían que buscar la voluntad del Padre superando pruebas
y tentaciones de diverso género. Pocas horas antes de ser detenido por las
fuerzas de seguridad del templo, Jesús les dice así: «Vosotros sois los que
habéis perseverado conmigo en mis pruebas» (Lucas 22,28).
El episodio conocido como las «tentaciones de Jesús» es
un relato en el que se reagrupan y resumen las tentaciones que hubo de superar
Jesús a lo largo de su vida. Aunque vive movido por el Espíritu recibido en el
Jordán, nada le dispensa de sentirse atraído hacia formas falsas de mesianismo.
¿Ha de pensar en su propio interés o escuchar la voluntad
del Padre? ¿Ha de imponer su poder de Mesías o ponerse al servicio de quienes
lo necesitan? ¿Ha de buscar su propia gloria o manifestar la compasión de Dios
hacia los que sufren? ¿Ha de evitar riesgos y eludir la crucifixión o
entregarse a su misión confiando en el Padre?
El relato de las tentaciones de Jesús fue recogido en los
evangelios para alertar a sus seguidores. Hemos de ser lúcidos. El Espíritu de
Jesús está vivo en su Iglesia, pero los cristianos no estamos libres de falsear
una y otra vez nuestra identidad cayendo en múltiples tentaciones.
Para seguir a Jesús con fidelidad hemos de identificar
las tentaciones que tenemos los cristianos de hoy: la jerarquía y el pueblo;
los dirigentes religiosos y los fieles. Una Iglesia que no es consciente de sus
tentaciones pronto falseará su identidad y su misión. ¿No nos está sucediendo
algo de esto? ¿No necesitamos más lucidez y vigilancia para no caer en la
infidelidad?
He aquí otra chica con inquietudes espirituales a la que no le seducen los encantos y esplendores de los palacios reales.
Efectivamente, era hija de una familia ilustre de Italia. Vivía encantada con la princesa Margarita, hija de Nicolás de Est, marqués de Ferrara.
Desde que naciera en el año 1413, y se fue haciendo una joven muy guapa, notaba de día en día que su camino no era la corte ni las riquezas.
A la temprana edad de los doce años buscaba con anhelo en dónde ser mejor y hallar más pronto la perfección a la que Dios nos llama a cada ser humano.
Una vez que la princesa Margarita contrajo matrimonio, ella pudo respirar a pleno pulmón. Se había quedado libre de toda atadura a la corte.
Llegó para ella el momento en el cual, aunque con muchas dificultades, se decidió por entrar en el convento de las Terciarias de san Francisco de Asís.
La dejaron entrar, y ella se sintió más feliz que nunca. Al comenzar su vida de relaciones humanas con las hermanas, todas se quedaban contentas por su trato, sus atenciones personalizadas y por su grado de santidad y de bondad que reflejaba su lindo rostro, imagen de su casta alma. En el capítulo en el cual se elige a la madre abadesa, todas las hermanas pensaron casi unánimemente que la mejor sería Catalina.
En este convento estuvo toda su vida, hasta el año de su muerte que tuvo lugar en 1463.
Escribió muchos libros acerca de la piedad y de la vida religiosa. Todo el mundo, fino y atento a las cosas del alma, conoce su mejor libro titulado “Siete Armas Espirituales”. Ella, en su sencillez y con las mejores intenciones, se lo dedicó a todo aquel o aquella que sufra tentaciones.
El Papa Clemente VIII la inscribió en el martirologio incruento y Benedicto XIII la llevó a la gloria de los altares.