La "pasión" de San Maximiliano es uno de los más valiosos documentos del juicio y muerte de uno de los primeros mártires. Durante el consulado de Tuscus y Anulinus, comparecieron ante la corte Víctor y su hijo Maximiliano. El juez, al interrogar a Maximiliano sobe sus datos personales, éste le contestó que él era cristiano y que por lo tanto no podía servir como soldado. El juez volvió a insistir con amenazas de tortura y muerte, pero el santo se mantuvo firme en su adhesión a Jesús.
Maximiliano tenía 21 años cuando fue condenado a ser decapitado, sentencia que recibió con mucha alegría y alabanzas a Dios, para sorpresa de sus verdugos. De camino al sitio de la ejecución, habló a los cristianos: "Amados hermanos, apresúrense a alcanzar la visión de Dios y a merecer una corona como la mía". Al primer golpe lo decapitaron y una mujer llamada Pompeya obtuvo el cuerpo de Maximiliano y le dio cristiana sepultura. El padre del santo se fue a su casa regocijado, agradeciendo al Señor por permitirle enviar tal regalo al cielo. No tardó mucho en seguir a su hijo.
San Eulogio nació en Córdoba, España, en el año 800. En sus tiempos, Córdoba, estaba ocupada por los musulmanes o mahometanos, los cuales solamente permitían a los cristianos ir a misa pagando un impuesto y elevado por cada vez que fueran a la Iglesia, pero castigaban con pena de muerte al que hablara en público de Jesucristo, fuera de la Iglesia.
La familia de Eulogio se conservaba en su fe católica en medio perdida de fe de la mayoría de los católicos, que la habían abandonado por miedo a las amenazas del gobierno musulmán.
Tuvo por maestro a uno de los más grandes sabios de su tiempo, al famoso Esperaindeo, el cual lo formó muy bien en filosofía y otras ciencias. Como compañeros de estudios tuvo a Pablo Álvarez, el cual fue siempre su gran amigo y escribió más tarde la vida de San Eulogio con todos los detalles que logró ir coleccionado. “Era muy piadoso y muy mortificado. Sobresalía en todas las ciencias, pero especialmente en el conocimiento de la Sagrada Escritura. Su rostro se conservaba siempre amable y alegre. Era tan humilde que casi nunca discutía y siempre se mostraba muy respetuoso con las opiniones de los otros, y lo que no fuera contra la Ley de Dios o la moral, no lo contradecía jamás. Su trato era tan agradable que se ganaba la simpatía de todos los que charlaban con él. Su descanso preferido era ir a visitar templos, casas de religiosos y hospitales. Los monjes le tenían tan grande estima que lo llamaban como consultor cuando tenían que redactar los Reglamentos de sus conventos. Esto le dio ocasión de visitar y conocer muy bien un gran número de casas religiosas en España”
Ordenado sacerdote, repartió su vida entre la contemplación dentro de los monasterios próximos a la ciudad y la cura pastoral. Su celo era tal que, como dice su biógrafo, “tenía gracia para sacar a los hombres de su miseria y sublimarlos al reino de la luz”.
En el año 848 emprendió un viaje hacia Francia, pero al querer atravesar por la Marca Hispánica, encontró dificultades debido una rebelión contra el rey de Francia Occidental Carlos el Calvo. Intentó entonces pasar a Francia a través de Pamplona, pero allí también se estaba produciendo problemas por los cuales no pudo pasar. Acogido por el obispo de Pamplona, comenzó a viajar por los monasterios pirenaicos para difundir entre las autoridades eclesiásticas mozárabes de al-Ándalus importantes obras de la cultura cristiana y occidental.
No pudo pasar, y regresó, deteniéndose en Toledo, junto al obispo Wistremiro. Este viaje fue sumamente útil al sacerdote cordobés porque descubrió la mentalidad de los cristianos independientes del poder musulmán y pudo enriquecer las escuelas de Córdoba con libros latinos que no se encontraban en la España musulmana, gracias a que estuvo recolectando varios de ellos por su viaje.
En el año 850 estalló la persecución contra los católicos de Córdoba por el gobierno musulmán, que mandó a asesinar a un sacerdote y luego a un comerciante católico. Los creyentes más fervorosos se presentaron ante el alcalde de la ciudad para protestar por estas injusticias, y declarar que reconocían a Jesucristo y no a Mahoma. A estos enseguida los mandaron torturar y los hicieron degollar. Murió un gran número de personas, de todas las edades, entre ellos también, muchos de los que habían perdido la fe, pero luego de esto la recuperaron, así haciendo pública su elección por Jesús, y murieron mártires.
A dos jóvenes católicas las llevaron a la cárcel, amenazándolas terriblemente si no renegaban de su fe. Las dos estaban muy desanimadas, pero San Eulogio se enteró y compuso para ellas un animador librillo llamado “Documento martirial”, y les aseguró que el Espíritu Santo les concedería un valor que ellas nunca habían imaginado tener y que no les permitiría perder su honor. Las dos jóvenes proclamaron valientemente su fe en Jesucristo y le escribieron al santo que en el cielo rogarían por él y por los católicos de Córdoba para que no desmayaran de su fe. Fueron martirizadas, así pasando a la eternidad con nuestro Padre. Sin embargo, el obispo de Toledo, Eulogio, fue encarcelado, donde escribió muchos libros sobre el martirio, pero luego logro salir de la cárcel, encontrándose con Iglesias y escuelas cristianas destruidas.
Eulogio, vigilado siempre por el gobierno musulmán, se veía obligado a cambiar constantemente de lugar, siendo detenido a principios del 859 por haber ayudado a ocultarse a una joven llamada Leocricia, hija de padres musulmanes, que había sido convertida por una monja. Lucrecia y Eulogio fueron llevados ante el juez, que por el hecho de que Eulogio era obispo de Toledo hicieron que el juicio se desarrollara ante el emir, el cual tuvo que oír de sus labios una defensa ardiente al cristianismo. En vista de esto fue condenado a decapitación.
Murió como mártir de Cristo en la tarde de un sábado del 11 de marzo del 859. Su cuerpo fue sepultado en la basílica de San Zoilo. También la joven que murió junto a él, fue proclamada Santa Lucrecia.
El santoral católico recuerda en el día de hoy, 10 de
marzo, a Santa María Eugenia de Jesús, una religiosa que fundó la Congregación
de Hermanas de la Asunción en París
Santa María Eugenia de
Jesús Milleret de Brou, una monja de origen francés que fundó en 1839 la
Congregación de Hermanas de la Asunción junto a otras dos religiosas y que fue
canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2007
Nacida en el seno de una familia burguesa en la ciudad francesa de Metz, la
educación que le inculcan a Ana Eugenia Milleret de Brou, como así fue llamada
la santa en su bautismo, incentiva en ella una gran curiosidad intelectual en
una época que estuvo marcada por el Romanticismo. Como tal, la religión
católica no está presente en su vida durante sus primeros años, aunque los
valores que le inculcan desde pequeña casan a la perfección con lo que
predican la Iglesia desde el cristianismo.
La muerte de dos hermanos y la separación de sus padres la llevan con tan
sólo 15 años a París, a donde se traslada para vivir junto a su madre. Sin
embargo, poco puede disfrutar de la compañía de su progenitora en la capital
francesa, ya que el cólera hace enfermar rápidamente a su madre, dejando
huérfana a la joven y motivando su conversión al cristianismo. A los 19 años,
Ana Eugenia Milleret encuentra en el padre Combalot a su confesor y es ese
sacerdote quien designa que va a ser la fundadora de una congregación que el
religioso lleva tiempo deseando formar, y que estará enfocada en una vida
comunitaria de oración y estudio.
El primer colegio de la orden abre sus puertas en 1841 y está destinado a
inculcar los valores tradicionales de la religión en el marco de modernidad que
se daba en la época. Se trata de un proyecto en el que Santa María Eugenia de
Jesús estuvo involucrada durante toda su vida hasta su fallecimiento en
1898.
Etimológicamente significa “casta, pura”. Viene de la lengua griega.
He aquí otra chica con inquietudes espirituales a la que no le seducen los encantos y esplendores de los palacios reales.
Efectivamente, era hija de una familia ilustre de Italia. Vivía encantada con la princesa Margarita, hija de Nicolás de Est, marqués de Ferrara.
Desde que naciera en el año 1413, y se fue haciendo una joven muy guapa, notaba de día en día que su camino no era la corte ni las riquezas.
A la temprana edad de los doce años buscaba con anhelo en dónde ser mejor y hallar más pronto la perfección a la que Dios nos llama a cada ser humano.
Una vez que la princesa Margarita contrajo matrimonio, ella pudo respirar a pleno pulmón. Se había quedado libre de toda atadura a la corte.
Llegó para ella el momento en el cual, aunque con muchas dificultades, se decidió por entrar en el convento de las Terciarias de san Francisco de Asís.
La dejaron entrar, y ella se sintió más feliz que nunca. Al comenzar su vida de relaciones humanas con las hermanas, todas se quedaban contentas por su trato, sus atenciones personalizadas y por su grado de santidad y de bondad que reflejaba su lindo rostro, imagen de su casta alma. En el capítulo en el cual se elige a la madre abadesa, todas las hermanas pensaron casi unánimemente que la mejor sería Catalina.
En este convento estuvo toda su vida, hasta el año de su muerte que tuvo lugar en 1463.
Escribió muchos libros acerca de la piedad y de la vida religiosa. Todo el mundo, fino y atento a las cosas del alma, conoce su mejor libro titulado “Siete Armas Espirituales”. Ella, en su sencillez y con las mejores intenciones, se lo dedicó a todo aquel o aquella que sufra tentaciones.
El Papa Clemente VIII la inscribió en el martirologio incruento y Benedicto XIII la llevó a la gloria de los altares.
Nació y murió un 8 de marzo. Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad.
De familia pobre pero muy piadosa. Su madre murió cuando él era todavía joven. Su padre murió como religioso en un convento.
En su juventud fue pastor, muy apreciado por el dueño de la finca donde trabajaba. Le propusieron que se casara con la hija del patrón y así quedaría como heredero de aquellas posesiones, pero él dispuso permanecer libre de compromisos económicos y caseros pues deseaba dedicarse a labores más espirituales.
Cuando Jesús entra en el Templo de Jerusalén no encuentra gentes que buscan a Dios, sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del Profeta que se encuentra con la religión convertida en mercado.
Aquel Templo, llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel, se ha convertido en lugar de engaños y abusos, donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.
Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de su mensaje es la gratuidad de Dios, que ama a sus hijos e hijas sin límites y solo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.
Por eso, una vida convertida en mercado, donde todo se compra y se vende -incluso la relación con el misterio de Dios-, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover. Es cierto que nuestra vida solo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.
Casi sin darnos cuenta nos podemos convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.
Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor, y el amor no se compra. Por algo decía Jesús que Dios «quiere amor y no sacrificios».
Tal vez, lo primero que necesitamos escuchar hoy en la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado, donde todo es exigido, comprado o ganado, solo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo, pues es el signo más auténtico del amor.
Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida: tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.
Quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.
Evangelio Comentado por: José Antonio Pagola Jn (2,13-25)