Exceptuando a San Antonio, ningún ermitaño del desierto adquirió; tan amplia fama como San Juan de Egipto, que fue consultado por emperadores y cuyas alabanzas fueron cantadas por San Jerónimo, Paladio, Casiano, San Agustín y muchos otros. Nació; en la bajada Tebaida, en Licópolis, siendo educado en el oficio de carpintero.
A la edad de 25 años decidió; abandonar el mundo y se puso bajo la guía de un anciano anacoreta, quien durante diez años, lo ejercitó en la obediencia y abnegación de sí mismo. El santo obedeció con humildad y sin replicar, por irracional que fuera la tarea que se le imponía, y continuó con este ejercicio hasta la muerte del anciano.
Se retiró a una cumbre de una escarpada colina, donde construyó tres celdas contiguas. Ahí permaneció hasta el final de sus días. Durante cinco días de la semana, hablaba con Dios, pero los sábados y domingos, las personas podían acercarse para oír sus instrucciones y consejos espirituales.
San Juan no fundó ninguna congregación, pero se le considera como el Padre de todos los ascetas, y cuando sus visitantes llegaron a ser tan numerosos, fue necesario construir mas celdas para recibirlos.
También fue especialmente famoso por sus profecías, milagros, su poder de leer los pensamientos y de descubrir los pecados secretos de aquellos que lo visitaban.
Falleció a la edad de 90 años, mientras estaba de rodillas orando con el Padre Celestial.
Martirologio Romano:En Zaragoza, en la Hispania Tarraconense, san Braulio, obispo, que siendo amigo íntimo de san Isidoro, colaboró con él para restaurar la disciplina eclesiástica en toda Hispania, siendo su semejante en elocuencia y ciencia († c.651).
Observación: En el antiguo santoral se lo recordaba el 26 de marzo.
Etimológicamente:Braulio = Toro Bravo, en su origen latino.
Etimológicamente:Braulio = Aquel que resplandece, en su origen germánico.
Se desconoce la cuna, niñez y juventud del santo; pero consta que ya en el año 626 es obispo de Zaragoza.
Participó en la corriente de pensamiento y acción isidoriana que tanto influyó en la cultura de su época y aún en tiempos posteriores. De hecho, fue discípulo de san Isidoro, obispo, escritor y doctor de la Iglesia (c. 560-636). Insistió cerca de él para que diera término a las Etimologías, la conocida y la más famosa e importante obra de san Isidoro donde se recoge el saber antiguo tomado indiscriminadamente de escritores tanto paganos como cristianos y que consta de veinte libros que fueron obligado libro de texto en las escuelas medievales, al tiempo que cauce de transmisión del saber antiguo. La división de toda la obra y sus títulos se deben a san Braulio.
Estuvo presente en los concilios V (636) y VI (638) de Toledo que fueron convocados para fortalecer la autoridad real y donde se resolvieron determinadas cuestiones de régimen eclesiástico y litúrgicas. En estos concilios se contribuyó a elaborar también el sistema de elección de los reyes por los obispos y magnates y llegó a ratificarse la imposibilidad de ser elegido rey alguien que no perteneciera a la nobleza goda.
Se le atribuyen también a san Braulio las Actas de los mártires de Zaragoza.
Llegó a escribir más de 44 cartas, gracias a las cuales pueden llegar a conocerse muchos aspectos de la España visigoda.
Ejerció el santo una notable influencia entre los reyes del tiempo intentando suavizar las leyes con espíritu cristiano y procurando potenciar la unidad del reino. Con Chindasvinto -rey que fue elegido por la nobleza al considerarlo fácilmente manipulable debido a su gran ancianidad-, cuando dicta leyes muy severas contra los magnates traidores que rompieran su juramento de lealtad al rey, llegando a decretar la deportación, la reducción a la esclavitud de sus familias y a la confiscación de sus bienes. De la misma manera, mostró también influjo decisivo cabe el rey Recesvinto, el que reprimió la rebelión del noble Troya, cuando ponía sitio a la ciudad de Zaragoza, el mismo año de la muerte de san Braulio.
Es
decir, se recuerda de manera solemne que, un día como hoy, la historia de la
humanidad cambió de curso radicalmente. Dios Todopoderoso invitaba a una
humilde doncella de Nazaret, la Virgen María, a cooperar en su plan salvífico:
Ella será la madre de su Hijo unigénito, el Señor Jesús.
A
la propuesta divina, la “Llena de Gracia” responde con un valiente y generoso
“¡Sí!” (cf. Lc 1,26-38). Y desde ese preciso momento las puertas del cielo
empiezan a abrirse nuevamente y la amistad entre Dios y el hombre, quebrada
antaño por el pecado, quedará restablecida.
Por
ese ‘sí’ la Virgen quedará encinta por obra del Espíritu Santo, y será elevada
a la condición de Madre de Dios. Llevará a Jesús en el vientre: será primero
abrigo y protección, y después la encargada de educar a Aquel que es salud del
género humano.
Por qué celebrar: ¡El Verbo de Dios se ha hecho carne!
“‘El
Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su
sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a
tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está
de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible’.
María contestó: ‘Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra’. Y la dejó el ángel” (Lc 1,35- 38).
La Solemnidad de la Anunciación (25
de marzo) se celebra nueve meses antes de la Navidad (25 de diciembre), por lo
que puede ser considerada una fiesta navideña. Así lo ha dispuesto la tradición
de la Iglesia. Existen fuentes que testimonian que se celebra de esta manera
desde el siglo VI en Oriente y desde el siglo VII en Occidente (Roma).
Ciertamente
se ha producido un cambio en la designación después del Vaticano II. En el Novus
Ordo se ha preferido la expresión “Anunciación del Señor"
en vez de la muy popular “Anunciación de María” con el propósito de evitar
posibles ambigüedades lingüísticas y subrayar la centralidad de Jesús.
La Anunciación y la cultura de la vida
María
tuvo en su vientre a Jesús. Fueron nueve meses de espera albergando a la fuente
de la vida dentro de sí. Nueve meses en los que cada instante era una confirmación
de que la naturaleza humana posee una grandeza y dignidad incalculables.
Abrazando
lo que somos, Dios quiso vivir cada etapa de nuestra vida terrena, desde la
concepción hasta la muerte. No se encarnó a los tres meses de gestación, ni a
los seis, ni nada por el estilo, como podría inferirse de esas discusiones
contemporáneas sobre cuándo empieza la vida humana y cuándo un ser humano es
“realmente” un ser humano. Dios nos alecciona claramente: se es persona desde
la concepción.
Y
es que la Encarnación se produjo en el instante mismo en el que María concibió
del Espíritu Santo: he aquí la razón más elevada por la que la Iglesia defiende
a cada ser humano desde el primer instante de su existencia. Por la misma
razón, cada 25 de marzo, la Iglesia celebra también “El día del niño por
nacer”.
Sólo poseemos noticias ciertas acerca de su muerte y de su solemne canonización -por parte del mismo Jesucristo-, no repetida en la historia de la Santidad.
Santa Catalina de Suecia, llamada también Santa Catalina de Vadstena, nació hacia 1331, de padres nobles y cristianos. Era la cuarta entre los ocho hijos del príncipe Ulf Gudinarsson y de su esposa Birgitta Birgesdotter, que no es otra que Santa Brígida, cuya festividad celebra la Iglesia el día 9 de octubre.
Los datos acerca de este Arzobispo, personaje excepcional en la historia de Sur América, producen asombro y maravilla.
Los historiadores dicen que Santo Toribio fue uno de los regalos más valiosos que España le envió a América. Las gentes lo llamaban un nuevo San Ambrosio, y el Papa Benedicto XIV dijo de él que era sumamente parecido en sus actuaciones a San Carlo Borromeo, el famoso Arzobispo de Milán.
Santa Lea era de familia noble, y quedó viuda a muy joven edad. Al parecer debía contraer nuevas nupcias con un ilustre personaje que estaba a punto de recibir el alto cargo de cónsul.
Sin embargo, Lea renuncia al matrimonio, prefiriendo ingresar a la comunidad de Marcela, donde se estudiaban las Escrituras y se rezaba en comunidad, y donde se vivía en castidad y pobreza. Esta decisión significó un giro completo en su vida.
Marcela encuentra en Santa Lea total fidelidad, tanto que le encomienda la formación de los jóvenes en la vida de la fe y en la práctica de la caridad. A la larga, Lea llegaría a dirigir el instituto.
Estas son las palabras insustituibles de san Jerónimo:
"De un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes; después de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más con el ejemplo que con sus palabras".
"Fue tan grande su humildad y sumisión, que la que había sido señora de tantos criados parecía ahora criada de todos; aunque tanto más era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero, comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo eso de tal manera que huía en todo la ostentación".
No sabemos más de esta dama penitente, cuyo recuerdo sólo pervive en las frases que hemos citado de san Jerónimo. La Roma en la que fue una rica señora de alcurnia no tardaría en desaparecer asolada por los bárbaros, y Lea, «cuya vida era tenida por todos como un desatino», llega hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía al tiempo.
SANTA LEA nos enseña que la viudez puede abrir caminos inesperados para encontrar a Dios.
Escúchanos, oh Dios que amas nuestra salvación, permite en la fiesta de la bienaventurada santa Lea, seamos agraciados por sentir una tierna devoción. Por Jesucristo Nuestro Señor, Amén.
Hoy también la iglesia recuerda a:
- San Epafrodito – Obispo
- San Bienvenido Scotivoli – Obispo
- San Nicolás Owens – Jesuita mártir
- San Basilio de Ancira – Obispo
- San Pablo de Narbona – Obispo