San Longinios fue el centurión que por órdenes de Pilatos, estuvo con otros soldados al pie de la cruz de Nuestro Señor y el que traspasó su costado con una lanza. Longinos fue quien, al ver las portentosas convulsiones de la naturaleza que se produjeron a la muerte de Cristo, pronunció la famosa frase que le hizo el primer convertido a la fe cristiana: "Verdaderamente, Este era Hijo de Dios". También se dice que se estaba quedando ciego y al dar la lanzada, una gota del Salvador cayó sobre sus ojos y lo dejó sano al instante; por tal razón, abandonó la carrera de soldado y después de haber sido instruido por los apóstoles, llevó una vida monástica en Cesárea, Capadocia, donde ganó muchas almas para Cristo por medio de palabras y ejemplo.
Muy pronto cayó en manos de los perseguidores, que lo llevaron a juicio y como se rehusó a ofrecer sacrificio, el gobernador ordenó que se le quebrantaran a golpes todos los dientes y que le cortaran la lengua. Sin embargo, el santo cogió una hacha y redujo a fragmentos los ídolos, de donde salió una horda de demonios que se apoderó del gobernador y sus ayudantes, que comenzaron a dar gritos y gemidos. Longinos fue hacia el gobernador y le dijo que solo con su muerte podrá ser curado, por lo que fue condenado a ser decapitado. Tan pronto fue ejecutado el santo, el gobernador mostró su arrepentimiento y en el mismo momento recuperó la cordura y terminó su vida haciendo toda clase de buenas obras.
Era descendiente del famoso guerrero Widukind e hija del duque de Westfalia. Desde niña fue educada por las monjas del convento de Erfurt y adquirió una gran piedad y una fortísima inclinación hacia la caridad para con los pobres.
Hija de un pariente del Emperador Teodosio I, al morir su padre, Eufrasia se crió bajo la protección del emperador y al cumplir los cinco años de edad, éste la comprometió en matrimonio con el hijo de un rico senador. La madre de Eufrasia comenzó a ser solicitada en matrimonio con tanta asiduidad, que decidió partir a Egipto y refugiarse en un convento. Eufrasia de siete años, se sintió atraída fuertemente hacia la vida religiosa y rogó a las monjas que le permitieran permanecer con ellas, tomando los hábitos como novicia a la edad de ocho años. Pronto su madre falleció, y la santa permaneció en la soledad del convento creciendo en gracia y hermosura.
Cuando la muchacha cumplió los doce, el Emperador Arcadio recordó la promesa que había hecho a su sucesor de Teodosio I y envió un mensaje al convento de Egipto rogando a Eufrasia que regresara a casarse con el senador a quien había prometido. La santa se negó a abandonar el convento y escribió una carta al emperador suplicando que la dejara en libertad, que vendiese todos los bienes heredados de sus padres para que sean distribuidos entre los pobres así como dejar libres a todos los esclavos de su casa.
El emperador accedió a los deseos de Eufrasia, quien prosiguió su vida habitual en el convento; sin embargo la santa comenzó sufrir tentaciones para lo cual la abadesa, le confió duras y humillantes tareas para distraer su atención. Ya en su lecho de muerte, tanto Julia su compañera de celda y la abadesa le imploraron a la santa que le obtuviera la gracia de estar con ella en el cielo. Tres días después de la muerte de Eufrasia, Julia falleció y poco tiempo después, lo hizo la abadesa.
La "pasión" de San Maximiliano es uno de los más valiosos documentos del juicio y muerte de uno de los primeros mártires. Durante el consulado de Tuscus y Anulinus, comparecieron ante la corte Víctor y su hijo Maximiliano. El juez, al interrogar a Maximiliano sobe sus datos personales, éste le contestó que él era cristiano y que por lo tanto no podía servir como soldado. El juez volvió a insistir con amenazas de tortura y muerte, pero el santo se mantuvo firme en su adhesión a Jesús.
Maximiliano tenía 21 años cuando fue condenado a ser decapitado, sentencia que recibió con mucha alegría y alabanzas a Dios, para sorpresa de sus verdugos. De camino al sitio de la ejecución, habló a los cristianos: "Amados hermanos, apresúrense a alcanzar la visión de Dios y a merecer una corona como la mía". Al primer golpe lo decapitaron y una mujer llamada Pompeya obtuvo el cuerpo de Maximiliano y le dio cristiana sepultura. El padre del santo se fue a su casa regocijado, agradeciendo al Señor por permitirle enviar tal regalo al cielo. No tardó mucho en seguir a su hijo.
San Eulogio nació en Córdoba, España, en el año 800. En
sus tiempos, Córdoba, estaba ocupada por los musulmanes o mahometanos, los
cuales solamente permitían a los cristianos ir a misa pagando un impuesto y
elevado por cada vez que fueran a la Iglesia, pero castigaban con pena de
muerte al que hablara en público de Jesucristo, fuera de la Iglesia.
La familia de Eulogio se conservaba en su fe católica en
medio perdida de fe de la mayoría de los católicos, que la habían abandonado
por miedo a las amenazas del gobierno musulmán.
Tuvo por maestro a uno de los más grandes sabios de su
tiempo, al famoso Esperaindeo, el cual lo formó muy bien en filosofía y otras
ciencias. Como compañeros de estudios tuvo a Pablo Álvarez, el cual fue siempre
su gran amigo y escribió más tarde la vida de San Eulogio con todos los
detalles que logró ir coleccionado. “Era muy piadoso y muy mortificado.
Sobresalía en todas las ciencias, pero especialmente en el conocimiento de la
Sagrada Escritura. Su rostro se conservaba siempre amable y alegre. Era tan
humilde que casi nunca discutía y siempre se mostraba muy respetuoso con las
opiniones de los otros, y lo que no fuera contra la Ley de Dios o la moral, no
lo contradecía jamás. Su trato era tan agradable que se ganaba la simpatía de todos
los que charlaban con él. Su descanso preferido era ir a visitar templos, casas
de religiosos y hospitales. Los monjes le tenían tan grande estima que lo
llamaban como consultor cuando tenían que redactar los Reglamentos de sus
conventos. Esto le dio ocasión de visitar y conocer muy bien un gran número de
casas religiosas en España”
Ordenado sacerdote, repartió su vida entre la
contemplación dentro de los monasterios próximos a la ciudad y la cura
pastoral. Su celo era tal que, como dice su biógrafo, “tenía gracia para sacar
a los hombres de su miseria y sublimarlos al reino de la luz”.
En el año 848 emprendió un viaje hacia Francia, pero al
querer atravesar por la Marca Hispánica, encontró dificultades debido una
rebelión contra el rey de Francia Occidental Carlos el Calvo. Intentó entonces
pasar a Francia a través de Pamplona, pero allí también se estaba produciendo
problemas por los cuales no pudo pasar. Acogido por el obispo de Pamplona,
comenzó a viajar por los monasterios pirenaicos para difundir entre las
autoridades eclesiásticas mozárabes de al-Ándalus importantes obras de la
cultura cristiana y occidental.
No pudo pasar, y regresó, deteniéndose en Toledo, junto
al obispo Wistremiro. Este viaje fue sumamente útil al sacerdote cordobés
porque descubrió la mentalidad de los cristianos independientes del poder
musulmán y pudo enriquecer las escuelas de Córdoba con libros latinos que no se
encontraban en la España musulmana, gracias a que estuvo recolectando varios de
ellos por su viaje.
En el año 850 estalló la persecución contra los católicos
de Córdoba por el gobierno musulmán, que mandó a asesinar a un sacerdote y
luego a un comerciante católico. Los creyentes más fervorosos se presentaron
ante el alcalde de la ciudad para protestar por estas injusticias, y declarar
que reconocían a Jesucristo y no a Mahoma. A estos enseguida los mandaron
torturar y los hicieron degollar. Murió un gran número de personas, de todas
las edades, entre ellos también, muchos de los que habían perdido la fe, pero
luego de esto la recuperaron, así haciendo pública su elección por Jesús, y
murieron mártires.
A dos jóvenes católicas las llevaron a la cárcel,
amenazándolas terriblemente si no renegaban de su fe. Las dos estaban muy
desanimadas, pero San Eulogio se enteró y compuso para ellas un animador
librillo llamado “Documento martirial”, y les aseguró que el Espíritu Santo les
concedería un valor que ellas nunca habían imaginado tener y que no les
permitiría perder su honor. Las dos jóvenes proclamaron valientemente su fe en
Jesucristo y le escribieron al santo que en el cielo rogarían por él y por los
católicos de Córdoba para que no desmayaran de su fe. Fueron martirizadas, así
pasando a la eternidad con nuestro Padre. Sin embargo, el obispo de Toledo,
Eulogio, fue encarcelado, donde escribió muchos libros sobre el martirio, pero
luego logro salir de la cárcel, encontrándosecon Iglesias y escuelas cristianas destruidas.
Eulogio, vigilado siempre por el gobierno musulmán, se
veía obligado a cambiar constantemente de lugar, siendo detenido a principios
del 859 por haber ayudado a ocultarse a una joven llamada Leocricia, hija de
padres musulmanes, que había sido convertida por una monja. Lucrecia y Eulogio
fueron llevados ante el juez, que por el hecho de que Eulogio era obispo de
Toledo hicieron que el juicio se desarrollara ante el emir, el cual tuvo que
oír de sus labios una defensa ardiente al cristianismo. En vista de esto fue
condenado a decapitación.
Murió como mártir de Cristo en la tarde de un sábado del
11 de marzo del 859. Su cuerpo fue sepultado en la basílica de San Zoilo.
También la joven que murió junto a él, fue proclamada Santa Lucrecia.
Hoy 10 de marzo, la Iglesia Católica celebra el IV
Domingo de Cuaresma. La lectura del Evangelio de hoy está tomada de Juan,
capítulo 3, versículos del 14 al 21 (Jn 3, 14-21). El texto recoge una de las
intervenciones de Jesús como parte del diálogo nocturno que sostiene con
Nicodemo, hombre prominente entre los judíos y fariseo. El Hijo de Dios alude
directamente a su misión redentora que exige su paso por la cruz, pero que ha
de liberarnos del pecado y ganar para nosotros la vida eterna.
Jesús recuerda el episodio en el desierto cuando el
pueblo de Israel sufre el ataque de las serpientes. Muchos mueren a causa de
las mordeduras y Dios ordena a Moisés que haga una serpiente de bronce y la
ponga en un mástil: “Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la
serpiente de bronce y se sanaba” (cfr. Núm 21, 8-9). De manera similar, dice
Jesús, “así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que
crea en él tenga vida eterna” (Jn 3, 14-15). Dios Padre lo ha enviado no para
condenar sino para salvar. Por lo tanto, quien crea en Él jamás se perderá; sin
embargo, quien obre el mal y rechace la luz será causa de su propia
condenación.
Dice el Papa Francisco: “Este cuarto domingo de Cuaresma
la liturgia eucarística comienza con esta invitación: «Alégrate, Jerusalén...».
(cf. Is 66,10). En plena Cuaresma, ¿cuál es el motivo de esta alegría? Nos lo
dice el Evangelio de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
Este mensaje gozoso es el núcleo de la fe cristiana: el amor de Dios llega a la
cumbre en el don del Hijo a una humanidad débil y pecadora. Nos ha entregado a
su Hijo, a nosotros, a todos nosotros” (Ángelus, domingo, 14 de marzo de 2021).
Lectura del Evangelio correspondiente al IV Domingo de
Cuaresma. (Jn 3, 14-21)
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Así como Moisés
levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del
hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo
único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo
se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya
está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la
luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras
eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella,
para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a
la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según
Dios’’.
El santoral católico recuerda en el día de hoy, 10 de
marzo, a Santa María Eugenia de Jesús, una religiosa que fundó la Congregación
de Hermanas de la Asunción en París
Santa María Eugenia de
Jesús Milleret de Brou, una monja de origen francés que fundó en 1839 la
Congregación de Hermanas de la Asunción junto a otras dos religiosas y que fue
canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2007
Nacida en el seno de una familia burguesa en la ciudad francesa de Metz, la
educación que le inculcan a Ana Eugenia Milleret de Brou, como así fue llamada
la santa en su bautismo, incentiva en ella una gran curiosidad intelectual en
una época que estuvo marcada por el Romanticismo. Como tal, la religión
católica no está presente en su vida durante sus primeros años, aunque los
valores que le inculcan desde pequeña casan a la perfección con lo que
predican la Iglesia desde el cristianismo.
La muerte de dos hermanos y la separación de sus padres la llevan con tan
sólo 15 años a París, a donde se traslada para vivir junto a su madre. Sin
embargo, poco puede disfrutar de la compañía de su progenitora en la capital
francesa, ya que el cólera hace enfermar rápidamente a su madre, dejando
huérfana a la joven y motivando su conversión al cristianismo. A los 19 años,
Ana Eugenia Milleret encuentra en el padre Combalot a su confesor y es ese
sacerdote quien designa que va a ser la fundadora de una congregación que el
religioso lleva tiempo deseando formar, y que estará enfocada en una vida
comunitaria de oración y estudio.
El primer colegio de la orden abre sus puertas en 1841 y está destinado a
inculcar los valores tradicionales de la religión en el marco de modernidad que
se daba en la época. Se trata de un proyecto en el que Santa María Eugenia de
Jesús estuvo involucrada durante toda su vida hasta su fallecimiento en
1898.