- Biografía de San Antonio Abad
- La vocación de San Antonio Abad
- Oración a San Antonio Abad para pedir por las mascotas
- San Antonio Abad en la Enciclopedia Católica
Blog Educativo: Religión Católica. CEIP Luis Palacios Valdepeñas (Cuidad Real)
17 de enero de 2025
SAN ANTONIO ABAD - SAN ANTÓN
16 de enero de 2025
SAN MARCELO
En la serie de los Pontífices, el Papa Marcelo ocupa el puesto número 30. Fue Pontífice por un año: del 308 al 309.Era uno de los más valientes sacerdotes de Roma en la terrible persecución de Diocleciano en los años 303 al 305. Animaba a todos a permanecer fieles al cristianismo aunque los martirizaran. Elegido Sumo Pontífice se dedicó a reorganizar la Iglesia que estaba muy desorganizada porque ya hacía 4 años que había muerto el último Pontífice, San Marcelino.
Era un hombre de carácter enérgico, aunque moderado, y se dedicó a volver a edificar los templos destruidos en la anterior persecución. Dividió Roma en 25 sectores y al frente de cada uno nombró a un presbítero o párroco. Muchos cristianos habían renegado de la fe, por miedo en la última persecución, pero deseaban volver otra vez a pertenecer a la Iglesia.
El Papa Marcelo, apoyado por los mejores sabios de la Iglesia, decretó que aquellos que deseaban volver a la Iglesia tenían que hacer algunas penitencias por haber renegado de la fe durante la persecución.
Muchos aceptaron la decisión del Pontífice, pero algunos promovieron tumultos contra él, e incluso lo acusaron ante el Emperador Majencio quien abusando de su poder, que no le permitía inmiscuirse en los asuntos internos de la religión, expulsó al Pontífice de Roma.
Según el "Libro Pontifical", el Papa Marcelo se hospedó en la casa de una laica muy piadosa de nombre Marcela, y desde ahí, siguió dirigiendo a los cristianos. Al enterarse el Emperador, obligó al Pontífice a realizar trabajos forzosos en las caballerías y pesebres imperiales que fueron trasladados a esa zona.
El Papa falleció en el año 309.
15 de enero de 2025
SAN PABLO EL ERMITAÑO
La vida de este santo fue escrita por el gran sabio San Jerónimo, en el año 400.
Nació hacia el año 228, en Tebaida, una región que queda junto al río Nilo en Egipto y que tenía por capital a la ciudad de Tebas.
Fue bien educado por sus padres, aprendió griego y bastante cultura egipcia. Pero a los 14 años quedó huérfano. Era bondadoso y muy piadoso. Y amaba enormemente a su religión.
En el año 250 estalló la persecución de Decio, que trataba no tanto de que los cristianos llegaran a ser mártires, sino de hacerlos renegar de su religión. Pablo se vio ante estos dos peligros: o renegar de su fe y conservar sus fincas y casas, o ser atormentado con tan diabólica astucia que lo lograran acobardar y lo hicieran pasarse al paganismo con tal de no perder sus bienes y no tener que sufrir más torturas. Como veía que muchos cristianos renegaban por miedo, y él no se sentía con la suficiente fuerza de voluntad para ser capaz de sufrir toda clase de tormentos sin renunciar a sus creencias, dispuso más bien esconderse. Era prudente.
Pero un cuñado suyo que deseaba quedarse con sus bienes, fue y lo denunció ante las autoridades. Entonces Pablo huyó al desierto. Allá encontró unas cavernas donde varios siglos atrás los esclavos de la reina Cleopatra fabricaban monedas. Escogió por vivienda una de esas cuevas, cerca de la cual había una fuente de agua y una palmera. Las hojas de la palmera le proporcionaban vestido. Sus dátiles le servían de alimento. Y la fuente de agua le calmaba la sed.
Al principio el pensamiento de Pablo era quedarse por allí únicamente el tiempo que durará la persecución, pero luego se dio cuenta de que en la soledad del desierto podía hablar tranquilamente a Dios y escucharle tan claramente los mensajes que Él le enviaba desde el cielo, que decidió quedarse allí para siempre y no volver jamás a la ciudad donde tantos peligros había de ofender a Nuestro Señor. Se propuso ayudar al mundo no con negocios y palabras, sino con penitencias y oración por la conversión de los pecadores.
Dice San Jerónimo que cuando la palmera no tenía dátiles, cada día venía un cuervo y le traía medio pan, y con eso vivía nuestro santo ermitaño. (La Iglesia llama ermitaño al que para su vida en una "ermita", o sea en una habitación solitaria y retirada del mundo y de otras habitaciones).
Después de pasar allí en el desierto orando, ayunando, meditando, por más de setenta años seguidos, ya creía que moriría sin volver a ver rostro humano alguno, y sin ser conocido por nadie, cuando Dios dispuso cumplir aquella palabra que dijo Cristo: "Todo el que se humilla será engrandecido" y sucedió que en aquel desierto había otro ermitaño haciendo penitencia. Era San Antonio Abad. Y una vez a este santo le vino la tentación de creer que él era el ermitaño más antiguo que había en el mundo, y una noche oyó en sueños que le decían: "Hay otro penitente más antiguo que tú. Emprende el viaje y lo lograrás encontrar". Antonio madrugó a partir de viaje y después de caminar horas y horas llegó a la puerta de la cueva donde vivía Pablo. Este al oír ruido afuera creyó que era una fiera que se acercaba, y tapó la entrada con una piedra. Antonio llamó por muy largo rato suplicándole que moviera la piedra para poder saludarlo.
Al fin Pablo salió y los dos santos, sin haberse visto antes nunca, se saludaron cada uno por su respectivo nombre. Luego se arrodillaron y dieron gracias a Dios. Y en ese momento llegó el cuervo trayendo un pan entero. Entonces Pablo exclamó: "Mira cómo es Dios de bueno. Cada día me manda medio pan, pero como hoy has venido tú, el Señor me envía un pan entero."
Se pusieron a discutir quién debía partir el pan, porque este honor le correspondía al más digno. Y cada uno se creía más indigno que el otro. Al fin decidieron que lo partirían tirando cada uno de un extremo del pan. Después bajaron a la fuente y bebieron agua cristalina. Era todo el alimento que tomaban en 24 horas. Medio pan y un poco de agua. Y después de charlar de cosas espirituales, pasaron toda la noche en oración.
A la mañana siguiente Pablo anunció a Antonio que sentía que se iba a morir y le dijo: "Vete a tu monasterio y me traes el manto que San Atanasio, el gran obispo, te regaló. Quiero que me amortajen con ese manto". San Antonio se admiró de que Pablo supiera que San Atanasio le había regalado ese manto, y se fue a traerlo. Pero temía que al volver lo pudiera encontrar ya muerto.
Cuando ya venía de vuelta, contempló en una visión que el alma de Pablo subía al cielo rodeado de apóstoles y de ángeles. Y exclamó: "Pablo, Pablo, ¿por qué te fuiste sin decirme adiós?". (Después Antonio dirá a sus monjes: "Yo soy un pobre pecador, pero en el desierto conocí a uno que era tan santo como un Juan Bautista: era Pablo el ermitaño").
Cuando llegó a la cueva encontró el cadáver del santo, arrodillado, con los ojos mirando al cielo y los brazos en cruz. Parecía que estuviera rezando, pero al no oírle ni siquiera respirar, se acercó y vio que estaba muerto. Murió en la ocupación a la cual había dedicado la mayor parte de las horas de su vida: orar al Señor.
Antonio se preguntaba cómo haría para cavar una sepultura allí, si no tenía herramientas. Pero de pronto oyó que se acercaban dos leones, como con muestras de tristeza y respeto, y ellos, con sus garras cavaron una tumba entre la arena y se fueron. Y allí depositó San Antonio el cadáver de su amigo Pablo.
San Pablo murió el año 342 cuando tenía 113 años de edad y cuando llevaba 90 años orando y haciendo penitencia en el desierto por la salvación del mundo. Se le llama el primer ermitaño, por haber sido el primero que se fue a un desierto a vivir totalmente retirado del mundo, dedicado a la oración y a la meditación.
San Antonio conservó siempre con enorme respeto la vestidura de San Pablo hecha de hojas de palmera, y él mismo se revestía con ella en las grandes festividades.
San Jerónimo decía: "Si el Señor me pusiera a escoger, yo preferiría la pobre túnica de hojas de palmera con la cual se cubría Pablo el ermitaño, porque él era un santo, y no el lujoso manto con el cual se visten los reyes tan llenos de orgullo".
San Pablo el ermitaño con su vida de silencio, oración y meditación en medio del desierto, ha movido a muchos a apartarse del mundo y dedicarse con más seriedad en la soledad a buscar la satisfacción y la eterna salvación.
14 de enero de 2025
SAN FELIX DE NOLA
Natural de Nola, abrazó el servicio apostólico desde muy joven. Al morir su padre, Felix distribuyó su herencia entre los pobres y fue ordenado sacerdote por San Máximo, Obispo de Nola. Al iniciarse una cruel persecución contra la Iglesia, Máximo huyó al desierto para continuar al servicio de su rebaño. Al no ser encontrado por los soldados romanos, Felix, quien lo sustituía en sus deberes pastorales, fue tomado preso, azotado, cargado de cadenas y encerrado en el calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios.
Sin embargo, el Ángel del Señor se le apareció y le ordenó ir en ayuda de su Obispo, quien yacía medio muerto de hambre y de frío. Ante su capacidad de hacerlo volverlo en sí, el Santo acudió a la oración y al punto apareció un racimo de uvas, cuyas gotas derramó sobre los labios del maestro, el cual recuperó el conocimiento siendo conducido luego a su Iglesia. Felix permaneció escondido orando permanente por la Iglesia hasta la muerte de Decio; sin embargo, continuó siendo perseguido hasta que se estableció la paz de la Iglesia. Murió en medio de la pobreza y el servicio de los más necesitados, a pesar de que fue elegido como Obispo de Nola.
13 de enero de 2025
SAN HILARIO DE POITIERS
Nació en Poitiers, en el seno de una ilustre familia. El mismo nos dice que fue educado en la idolatría y hace una narración detallada de como Dios lo llevó al conocimiento de la fe, recibiendo el bautismo a una edad un tanto avanzada.
Hacia el año 350, fue elegido Obispo de Poitiers. Después de su elevación al episcopado compuso antes de partir al destierro en Frigia, un comentario sobre el Evangelio de San Mateo, que ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, sus principales escritos son sobre el arrianismo. San Hilario amaba la verdad sobre todas las cosas y no escatimaba ningún esfuerzo, ni rehuía alguno por defenderla. Así, San Hilario defendió ardientemente los decretos del Concilio de Nicea, cuando éste se vio amenazado por las intenciones del emperador Constancio quien reunió un concilio de arrianos de Selucia de Isauria, a fin de neutralizarlo. Hilario murió en Poitiers, probablemente en 368.
12 de enero de 2025
"PEREGRINOS DE LA ESPERANZA" - JUBILEO 2025
Nuestro Obispo Don Gerardo Melgar publica un decreto sobre la celebración del
Jubileo 2025 en nuestra diócesis de Ciudad Real que se suma, junto a toda la
Iglesia, al Jubileo convocado por el papa Francisco con el lema Peregrinos de
esperanza.
DECRETO DEL JUBILEO 2025 EN LA DIÓCESIS DE CIUDAD REAL
Con el fin de que los fieles de la diócesis puedan
peregrinar y obtener la Indulgencia Plenaria, se disponen cinco lugares de
peregrinación con celebraciones periódicas:
— Santa lglesia Prioral Basílica Catedral Santa María del
Prado de Ciudad Real. Que celebrará la eucaristía jubilar cada primer domingo
de mes a las 12:00 horas.
— Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de
Valdepeñas, que celebrará la eucaristía jubilar cada segundo domingo de mes a
las 12:30 horas.
— Parroquia de Santa María de Alcázar de San Juan, que
celebrará la eucaristía jubilar cada tercer domingo de mes a las 12:00 horas.
— Parroquia de la Asunción de Puertollano, que celebrará
la eucaristía jubilar cada tercer domingo de mes a las 12:00 horas.
— Parroquia Santa María Magdalena de Malagón, que
celebrará la eucaristía jubilar cada cuarto domingo de mes a las 12:30 horas.
Habrá encuentros jubilares en la diócesis con los que se podrá conseguir la gracia jubilar. Será peregrinando a los encuentros que, con motivo del jubileo de los jóvenes, de las familias y de los «colectivos de la esperanza», serán convocados convenientemente en su momento a lo largo del Año Jubilar.
En el decreto se explica cómo obtener la indulgencia
plenaria siguiendo las Normas de la Penitenciaría Apostólica sobre la concesión
de la indulgencia durante el Jubileo Ordinario de 2025. Se establece que «los
fieles que estén verdaderamente arrepentidos de sus pecados y cumplan las
condiciones acostumbradas (confesión sacramental, comunión eucarística y
oración por las intenciones del Romano Pontífice) podrán conseguir la
Indulgencia Plenaria para sí mismos, o aplicarla por las almas de los fieles
difuntos en el curso del Año Santo en las siguientes ocasiones:
I. En las sagradas peregrinaciones hacia cualquiera de
los lugares jubilares o encuentros jubilares establecidos en este decreto,
participando devotamente en la santa misa u otras de las celebraciones reseñadas
en las Normas citadas.
II. En las pías visitas a los lugares sagrados si,
individualmente o en grupo, visitaran devotamente cualquier lugar jubilar y
ahí, durante un periodo de tiempo adecuado, realizaran adoración eucarística y
meditación, concluyendo con el Padre Nuestro, la Profesión de Fe en cualquier
forma legítima e invocaciones a María, Madre de Dios.
III: En las obras de misericordia y de penitencia, según se especifica en dichas Normas.
Los fieles que, por diversas circunstancias, no pudieran
participar en las ocasiones citadas, especialmente los ancianos, las monjas de
clausura, los enfermos, los reclusos y aquellos que, en hospitales u otros
lugares de cuidados prestan servicio continuo a los enfermos, pueden conseguir la
indulgencia con las mismas condiciones si, unidos en espíritu, recitan el Padre
Nuestro, la Profesión de fe y otras oraciones conforme a las finalidades del
Año Santo, ofreciendo sus sufrimientos o dificultades de la propia vida.
Se facilitarán horarios visibles en las cancelas de los templos, para posibilitar el acceso de los fieles a la
confesión sacramental, así como en las parroquias que organicen peregrinaciones
a los templos jubilares en la diócesis.
El papa Francisco ha convocado al Jubileo a toda la Iglesia católica mediante la bula Spes non confundit
En ella explica que «la vida cristiana es un camino, que
también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza,
compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el
Señor Jesús».
Señala el papa Francisco que el Jubileo ha sido siempre
un acontecimiento de gran importancia espiritual, eclesial y social en la vida
de la Iglesia. Desde que Bonifacio VIII instituyó el primer Año Santo en 1300
—con cadencia de cien años, que después pasó a ser según el modelo bíblico, de
cincuenta años y ulteriormente fijado en veinticinco—, el pueblo fiel de Dios
ha vivido esta celebración como un don especial de gracia, caracterizado por el
perdón de los pecados y, en particular, por la indulgencia, expresión plena de
la misericordia de Dios.
Los fieles, generalmente al final de una larga
peregrinación, acceden al tesoro espiritual de la Iglesia atravesando la Puerta
Santa y venerando las reliquias de los Apóstoles Pedro y Pablo conservadas en
las basílicas romanas. Millones y millones de peregrinos han acudido a estos
lugares santos a lo largo de los siglos, dando testimonio vivo de su fe
perdurable.
El Gran Jubileo del año 2000 introdujo la Iglesia en el
tercer milenio de su historia. San Juan Pablo II lo había esperado y deseado
tanto, con la esperanza de que todos los cristianos, superadas sus divisiones
históricas, pudieran celebrar juntos los dos mil años del nacimiento de
Jesucristo, Salvador de la humanidad. Ahora que nos acercamos a los primeros
veinticinco años del siglo XXI, estamos llamados a poner en marcha una
preparación que permita al pueblo cristiano vivir el Año Santo en todo su significado
pastoral.
En este sentido una etapa importante ha sido el Jubileo
Extraordinario de la Misericordia, que nos ha permitido redescubrir toda la
fuerza y la ternura del amor misericordioso del Padre, para que a su vez
podamos ser sus testigos.
Como dice el Papa Francisco, debemos mantener encendida
la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que
cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con mente abierta,
corazón confiado y amplitud de miras. «El próximo Jubileo puede ayudar mucho a
restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo
renacimiento que todos percibimos como urgente. Por esa razón elegí el lema
Peregrinos de la Esperanza. Todo esto será posible si somos capaces de recuperar
el sentido de la fraternidad universal, si no cerramos los ojos ante la
tragedia de la pobreza galopante que impide a millones de hombres, mujeres,
jóvenes y niños vivir de manera humanamente digna». Pienso especialmente en los
numerosos refugiados que se ven obligados a abandonar sus tierras. Ojalá que
las voces de los pobres sean escuchadas en este tiempo de preparación al
Jubileo que, según el mandato bíblico, devuelve a cada uno el acceso a los
frutos de la tierra: «podrán comer todo lo que la tierra produzca durante su
descanso, tú, tu esclavo, tu esclava y tu jornalero, así como el huésped que
resida contigo; y también el ganado y los animales que estén en la tierra,
podrán comer todos sus productos» (Lv 25,6-7).
Por lo tanto, la dimensión espiritual del Jubileo, que
nos invita a la conversión, debe unirse a estos aspectos fundamentales de la
vida social, para formar un conjunto coherente. Sintiéndonos todos peregrinos
en la tierra en la que el Señor nos ha puesto para que la cultivemos y la cuidemos
(cf. Gn 2,15), no descuidemos, a lo largo del camino, la contemplación de la
belleza de la creación y el cuidado de nuestra casa común. Espero que el
próximo Año Jubilar se celebre y se viva también con esta intención. De hecho,
un número cada vez mayor de personas, incluidos muchos jóvenes y adolescentes,
reconocen que el cuidado de la creación es expresión esencial de la fe en Dios
y de la obediencia a su voluntad.
¿Qué es el Jubileo?
“Jubileo” es el
nombre de un año particular: parece que deriva del instrumento utilizado para
indicar su comienzo; se trata del yobel, el cuerno de carnero, cuyo sonido
anuncia el Día de la Expiación (Yom Kippur). Esta fiesta se celebra cada año,
pero adquiere un significado particular cuando coincide con el inicio del año
jubilar. A este respecto, encontramos una primera idea en la Biblia: debía ser
convocado cada 50 años, porque era el año ‘extra’, debía vivirse cada siete
semanas de años (cfr. Lv 25,8‑13).
Aunque era difícil de realizar, se proponía como la ocasión para restablecer la
correcta relación con Dios, con las personas y con la creación, y conllevaba el
perdón de las deudas, la restitución de terrenos enajenados y el descanso de la
tierra.
Citando al profeta Isaías, el evangelio según san Lucas
describe de este mismo modo la misión de Jesús: «El Espíritu del Señor está
sobre mí; porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a
proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en
libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18‑19; cfr. Is 61,1‑2). Estas palabras de Jesús
se convirtieron también en acciones de liberación y de conversión en sus
encuentros y relaciones cotidianos.
Bonifacio VIII, en 1300, convocó el primer Jubileo,
llamado también “Año Santo”, porque es un tiempo en el que se experimenta que
la santidad de Dios nos transforma. Con el tiempo, la frecuencia ha ido
cambiando: al principio era cada 100 años; en 1343 se redujo a 50 años por
Clemente VI y en 1470 a 25 años por Pablo II. También hay momentos
‘extraordinarios’: por ejemplo, en 1933, Pío XI quiso conmemorar el aniversario
de la Redención y en 2015 el Papa Francisco convocó el año de la Misericordia.
También ha sido diferente el modo de celebrar este año: en el origen coincidía
con la visita a las Basílicas romanas de san Pedro y san Pablo, por tanto, con
la peregrinación, posteriormente se añadieron otros signos, como el de la
Puerta Santa. Al participar del Año Santo se obtiene la indulgencia plenaria.
Existen dos tipos principales de jubileos en la Iglesia
Católica:
Jubileo
Ordinario: Se celebra cada 25 años. Es un año de perdón y gracia,
marcado por peregrinaciones a Roma, la confesión, la comunión y la realización
de obras de misericordia. El Jubileo Ordinario más reciente fue en el año 2000,
bajo el pontificado de San Juan Pablo II, y el próximo está programado para el
2025.
Jubileo
Extraordinario: Es convocado en ocasiones especiales, cuando
el Papa considera que la Iglesia necesita un tiempo especial de gracia. Un
ejemplo reciente es el Jubileo de la Misericordia, proclamado por el Papa
Francisco en 2015-2016, que se centró en la importancia de la misericordia
divina y en la necesidad de que los fieles la practiquen en su vida diaria.
Logo del Jubileo
El logo representa cuatro figuras estilizadas que indican la humanidad proveniente desde los cuatro rincones de la tierra. Abrazadas entre ellas, indican la solidaridad y la fraternidad que une a los pueblos. La primera figura está aferrada a la cruz. Es el signo no solo de la fe que abraza, sino también de la esperanza que nunca puede ser abandonada, porque necesitamos siempre de ella, sobre todo en los momentos de mayor necesidad. Es útil observar las olas que la rodean y que están en movimiento, porque muestran que la peregrinación de la vida no siempre pasa por aguas tranquilas. Muchas veces las experiencias personales y los eventos del mundo exigen con mayor intensidad el llamado a la esperanza. Es por esto que se debe subrayar la parte inferior de la cruz que se alarga transformándose en un ancla y que se impone sobre el movimiento de las olas. Bien sabemos que el ancla ha sido usada como metáfora de la esperanza. De hecho, el ancla de la esperanza es el nombre que en la jerga marina se da al ancla de reserva usada por las embarcaciones para hacer maniobras de emergencia que permitan estabilizar la barca durante las tormentas. No se olvide el hecho de que la imagen muestra cómo el camino del peregrino no es un hecho individual, sino comunitario con la impronta de un dinamismo en crecimiento que tiende cada vez más hacia la cruz. La cruz no es estática, sino dinámica y se curva hacia la humanidad, saliendo a su encuentro y no dejándola sola, ofreciendo la certeza de la presencia y la seguridad de la esperanza. Se destaca, finalmente, con color verde el lema del jubileo 2025: Peregrinantes in Spem.
SAN ARCADIO
Se desconoce la fecha exacta de su martirio, pero parece que tuvo lugar en alguna ciudad de Mauritania, probablemente en Cesárea, la capital. Las persecuciones estaban en todo su furor y miles de cristianos eran torturados por los soldados romanos sin esperar la sentencia del juez.
En tan terribles circunstancias, San Arcadio se retiró a la soledad. Sin embargo, el gobernador de la ciudad al saber que no se había presentado a los sacrificios públicos, capturó a un pariente y lo mantuvo como rehén hasta que el prófugo se presentara. Al saberlo, el mártir volvió a la ciudad y se entregó al juez quien lo obligó a que se sacrificase a los dioses. Ante su negativa, el juez lo condenó a muerte, cortando cada uno de sus miembros de manera lenta. Al encontrarse totalmente mutilado, el mártir se dirigió a la comunidad pagana, exhortándolos a abandonar a sus dioses falsos y a adorar al único Dios verdadero, el Señor Jesús.
Los paganos se quedaron maravillados de tanto valor y los cristianos recogieron su cadáver y empezaron a honrarlo como a un gran santo.












