Natural de Nola, abrazó el servicio apostólico desde muy joven. Al morir su padre, Felix distribuyó su herencia entre los pobres y fue ordenado sacerdote por San Máximo, Obispo de Nola. Al iniciarse una cruel persecución contra la Iglesia, Máximo huyó al desierto para continuar al servicio de su rebaño. Al no ser encontrado por los soldados romanos, Felix, quien lo sustituía en sus deberes pastorales, fue tomado preso, azotado, cargado de cadenas y encerrado en el calabozo cuyo piso estaba lleno de vidrios.
Sin embargo, el Ángel del Señor se le apareció y le ordenó ir en ayuda de su Obispo, quien yacía medio muerto de hambre y de frío. Ante su capacidad de hacerlo volverlo en sí, el Santo acudió a la oración y al punto apareció un racimo de uvas, cuyas gotas derramó sobre los labios del maestro, el cual recuperó el conocimiento siendo conducido luego a su Iglesia. Felix permaneció escondido orando permanente por la Iglesia hasta la muerte de Decio; sin embargo, continuó siendo perseguido hasta que se estableció la paz de la Iglesia. Murió en medio de la pobreza y el servicio de los más necesitados, a pesar de que fue elegido como Obispo de Nola.
Nació en Poitiers, en el seno de una ilustre familia. El mismo nos dice que fue educado en la idolatría y hace una narración detallada de como Dios lo llevó al conocimiento de la fe, recibiendo el bautismo a una edad un tanto avanzada.
Hacia el año 350, fue elegido Obispo de Poitiers. Después de su elevación al episcopado compuso antes de partir al destierro en Frigia, un comentario sobre el Evangelio de San Mateo, que ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, sus principales escritos son sobre el arrianismo. San Hilario amaba la verdad sobre todas las cosas y no escatimaba ningún esfuerzo, ni rehuía alguno por defenderla. Así, San Hilario defendió ardientemente los decretos del Concilio de Nicea, cuando éste se vio amenazado por las intenciones del emperador Constancio quien reunió un concilio de arrianos de Selucia de Isauria, a fin de neutralizarlo. Hilario murió en Poitiers, probablemente en 368.
Se desconoce la fecha exacta de su martirio, pero parece que tuvo lugar en alguna ciudad de Mauritania, probablemente en Cesárea, la capital. Las persecuciones estaban en todo su furor y miles de cristianos eran torturados por los soldados romanos sin esperar la sentencia del juez.
En tan terribles circunstancias, San Arcadio se retiró a la soledad. Sin embargo, el gobernador de la ciudad al saber que no se había presentado a los sacrificios públicos, capturó a un pariente y lo mantuvo como rehén hasta que el prófugo se presentara. Al saberlo, el mártir volvió a la ciudad y se entregó al juez quien lo obligó a que se sacrificase a los dioses. Ante su negativa, el juez lo condenó a muerte, cortando cada uno de sus miembros de manera lenta. Al encontrarse totalmente mutilado, el mártir se dirigió a la comunidad pagana, exhortándolos a abandonar a sus dioses falsos y a adorar al único Dios verdadero, el Señor Jesús.
Los paganos se quedaron maravillados de tanto valor y los cristianos recogieron su cadáver y empezaron a honrarlo como a un gran santo.
La Iglesia celebra hoy el Bautismo del Señor y con ello concluye el
Tiempo de Navidad.
Con el
Bautismo del Señor concluye el Tiempo de Navidad. La Iglesia nos invita a
contemplar nuevamente a Jesús, pero en una segunda “epifanía” (manifestación)
de sí mismo: como Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Así lo corrobora el
relato del Evangelio según San Mateo:
«En aquel
tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo
bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado
por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo
que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”.
Entonces Juan accedió a bautizarlo. Al salir Jesús del agua, una vez bautizado,
se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en
forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy
amado, en quien tengo mis complacencias”» (Mt 3, 13-17).
Agua que purifica realmente
Jesús, Dios y
hombre sin mancha, es bautizado por Juan. ¿Por qué es esto, si en Él no hay
pecado? La pregunta roza el misterio: a través de un signo sensible, Jesús, con
su Bautismo, le está abriendo la puerta de la salvación a todo el género
humano. Nuestra naturaleza dañada por el pecado original queda restituida por
el agua bautismal.
En el siglo
V, San Máximo de Turín, haciendo referencia a esa agua del Bautismo del Señor,
señalaba lo siguiente: “Cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua
necesaria para nuestro bautismo y queda limpia la fuente, para que pueda luego
administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño”.
Es decir,
Cristo es la fuente de toda pureza y si Él no nos lava, el pecado mantendrá su
dominio sobre nosotros. Las aguas del Bautismo tienen un profundo significado:
una vida nueva y la libertad auténtica.
Dios, Uno y Trino, se acerca a
nosotros para darnos ‘vida en abundancia’
San Gregorio
Nacianceno, Padre de la Iglesia del siglo IV, enseñaba: “Juan está bautizando y
Cristo se acerca, tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado
y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el
Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu
y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua”.
El Bautismo
es el sacramento que nos renueva completamente, al punto de que es “un nuevo
nacimiento”, pero para la vida de la Gracia, que es la más plena. La fuerza de
este sacramento es incalculable:
“También el
Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su
semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente
Aquel de quien se daba testimonio”, concluye San Gregorio.
Nació en Turquia en el año 423, y desde pequeño, por inculcasión paterna, leía con mucho fervor las Sagradas Escrituras. Siguiendo el ejemplo de Abraham, el santo decidió dejar sus riquezas y su familia, para peregrinar a Jerusalén, Belén y Nazaret, y luego convertirse en religioso. San Teodosio se fue a vivir no muy lejos de Belén, y tuvo como guía espiritual al abad Longinos. Tras ser ordenado como sacerdote, recibió la orden de encargarse del culto de un templo ubicado entre Jerusalén y Belén. El santo desplegó su labor con mucha sabiduría y humildad, y fue testimonio de una vida santa y llena de oración, lo cual motivó que otros jóvenes también desearan convertirse en religiosos, y más adelante, la fundación de tres conventos en las cercanías de Belén.
El santo también construyó, cerca de Belén, tres hospitales para la atención de ancianos, enfermos necesitados y discapacitados. Los monasterios dirigidos por San Teodosio eran como una ciudad de santos en el desierto, pues todo se hacía a su tiempo, con exactitud, oración, trabajo y descanso.
San Teodosio enfermó penosamente, y falleció a los 105 años en el año 529. El Arzobispo de Jerusalén y muchos ciudadanos de Tierra Santa asistieron a su entierro y durante sus funerales se obraron varios milagros.
La fecha del nacimiento de san Gregorio de Nisa no se puede afirmar con precisión, pero debió ocurrir entre los años 331 a 335. Por línea paterna descendía de una familia de antigua raigambre cristiana, originaria del Ponto, que había sufrido persecución por confesar la fe; y por línea materna, de una familia de Capadocia que destacaba en la vida militar y civil. Tres de sus hermanos —Macrina, Basilio (llamado el Grande) y Pedro— son venerados como santos por la Iglesia.
La educación de Gregorio corrió a cargo de su hermano mayor, Basilio. Fue profesor de Retórica, pero animado por sus amigos, en especial por el que luego sería san Gregorio Nacianceno, se retiró al monasterio de Iris, en el Ponto, para dedicarse a prácticas ascéticas y al estudio de la Teología.
Su hermano Basilio, metropolita de Cesárea, le consagró obispo en el año 371, para ocupar la sede de Nisa. Por su fidelidad al Concilio de Nicea, fue depuesto por un sínodo de obispos arrianos, celebrado en su ausencia con la ayuda del gobernador del Ponto. Muerto el Emperador Valente, que era arriano, San Gregorio volvió a su sede, y en el año 381 tomó parte muy activa —con San Gregorio Nacianceno— en el Concilio I de Constantinopla, que resolvió definitivamente la cuestión arriana, reafirmando la fe de del Concilio de Nicea.
En sus últimos años, se le nombró arzobispo de Sebaste y redactó los escritos más memorables de su doctrina espiritual, hasta su fallecimiento en el 394.
La profundidad de las obras de san Gregorio de Nisa, que escribió también libros de teología mística, le han valido el sobrenombre de “el teólogo”, con que es conocido especialmente entre los griegos. Los santos de los primeros siglos de la historia de la Iglesia nos recuerdan así la fortaleza de la fe basada en el estudio y asimilación de la doctrina cristiana.
Nació en África. Era abad de Nérida, cerca de Nápoles cuando el Papa San Vitalinano lo escogió por su ciencia y virtud para instruir a la nación inglesa de Canterbury, aún joven en la fe. San Adrián trató de declinar la elección recomendando a San Teodoro para el cargo, pero se mostró dispuesto a compartir los trabajos de la misión.
El Papa accedió a su petición y lo nombró asistente y consejero del nuevo Obispo. San Teodoro lo nombró abad del monasterio de San Pedro y San Pablo de Canterbury, donde nuestro santo enseñó el griego, el latín, la ciencia de los Padres, y sobre todo la virtud. San Adrián ilustró el país con su doctrina y el ejemplo de su vida, durante treinta y nueve años. Murió el 9 de enero del año 710.