En este tercer domingo de Cuaresma, el encuentro de Jesús
con la samaritana junto al pozo de Jacob es uno de los relatos más hermosos del
Evangelio. Jesús, cansado del camino, rompe todas las barreras: habla con una
mujer (los rabinos no debían hacerlo), con una samaritana (judíos y samaritanos
no se trataban), con una pecadora (vivía en situación irregular).
Jesús pide agua, pero en realidad es Él quien tiene agua
para dar: el agua viva del Espíritu Santo. A través del diálogo, Jesús va
llevando a la mujer desde su sed superficial (el agua del pozo) hasta su sed
más profunda (el amor, el sentido de la vida, Dios). Jesús le revela su vida
con verdad y misericordia, sin condenarla: "Has tenido cinco maridos y el
que ahora tienes no es tu marido".
La mujer experimenta la conversión: reconoce su pecado,
descubre que Jesús es el Mesías, deja su cántaro (sus seguridades antiguas) y
va a anunciar a Cristo a su pueblo. Se convierte en misionera. El Salmo 94 nos
recuerda: "Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón".
Jesús nos acompaña llamándonos a la conversión. Nos invita a reconocer nuestra sed más profunda y a buscar en Él el agua que sacia de verdad. Como el pueblo en el desierto que murmuró contra Dios (primera lectura), a veces nosotros también buscamos llenar nuestra sed en pozos rotos que no sacian.
Nació y murió un 8 de marzo. Nace en Portugal en 1495 y muere en Granada, España, en 1550 a los 55 años de edad.
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