El Evangelio de hoy nos presenta a un ciego de nacimiento
que mendiga junto al camino. Jesús lo ve (mientras otros pasan de largo), hace
barro con saliva, unge sus ojos y le envía a lavarse en la piscina de Siloé. El
hombre va, se lava, y regresa habiendo recuperado la vista.
Este milagro desencadena una serie de interrogatorios por
parte de los fariseos que no quieren creer. El ciego, en cambio, crece en su fe
hasta reconocer la divinidad de Jesús: primero dice que Jesús es "ese
hombre", luego "un profeta", luego "viene de Dios", y
finalmente confiesa: "Creo, Señor", y lo adora. Mientras tanto, los
fariseos que presumen de ver se hunden en su ceguera espiritual.
El relato nos habla de las distintas cegueras: la física
(que Jesús cura), y la espiritual (que solo se cura si reconocemos que estamos
ciegos). Jesús dice: "He venido para que los que no ven vean, y los que
ven se queden ciegos". Los fariseos preguntan: "¿También nosotros
estamos ciegos?" Y Jesús responde: "Si estuvierais ciegos, no
tendríais pecado, pero como decís: 'Vemos', vuestro pecado permanece".
El Salmo 22, "El Señor es mi pastor", nos
recuerda que Dios nos guía y nos cuida. La primera lectura nos enseña que Dios
mira el corazón, no las apariencias: David, el más pequeño, es elegido.
Jesús nos acompaña como luz que ilumina nuestras
tinieblas. Nos invita a reconocer nuestra ceguera para poder ser curados. Nos
llama a pasar de las tinieblas a la luz, como dice San Pablo en la segunda
lectura.


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