15 de marzo de 2026

IV DOMINGO DE CUARESMA 2026 / SANTA LEA

                                 


El Evangelio de hoy nos presenta a un ciego de nacimiento que mendiga junto al camino. Jesús lo ve (mientras otros pasan de largo), hace barro con saliva, unge sus ojos y le envía a lavarse en la piscina de Siloé. El hombre va, se lava, y regresa habiendo recuperado la vista.

Este milagro desencadena una serie de interrogatorios por parte de los fariseos que no quieren creer. El ciego, en cambio, crece en su fe hasta reconocer la divinidad de Jesús: primero dice que Jesús es "ese hombre", luego "un profeta", luego "viene de Dios", y finalmente confiesa: "Creo, Señor", y lo adora. Mientras tanto, los fariseos que presumen de ver se hunden en su ceguera espiritual.

El relato nos habla de las distintas cegueras: la física (que Jesús cura), y la espiritual (que solo se cura si reconocemos que estamos ciegos). Jesús dice: "He venido para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos". Los fariseos preguntan: "¿También nosotros estamos ciegos?" Y Jesús responde: "Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís: 'Vemos', vuestro pecado permanece".

El Salmo 22, "El Señor es mi pastor", nos recuerda que Dios nos guía y nos cuida. La primera lectura nos enseña que Dios mira el corazón, no las apariencias: David, el más pequeño, es elegido.

Jesús nos acompaña como luz que ilumina nuestras tinieblas. Nos invita a reconocer nuestra ceguera para poder ser curados. Nos llama a pasar de las tinieblas a la luz, como dice San Pablo en la segunda lectura.





    

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