"En el misterio pascual, Dios Padre, por medio del Hijo en el Espíritu Paráclito, se ha inclinado sobre cada hombre ofreciéndole la posibilidad de la redención del pecado y la liberación de la muerte". (Juan Pablo II)
Este 2017, la Semana Santa comenzará con el Domingo de Ramos el 9 de abril y terminará con el Domingo de Resurrección el 16 de abril.
El Viernes de Dolores o Viernes de Pasión, es el viernes anterior al Domingo de Ramos, comprendido dentro de la última semana de la Cuaresma, conocida por la Iglesia como Semana de Pasión. En algunas regiones es considerado como el inicio de la Semana Santa o Semana Mayor, al iniciarse en éste las procesiones.
Los católicos manifiestan su fervor religioso en la celebración de los Dolores de Nuestra Señora, incluyendo por ejemplo en la liturgia de la Misa la secuencia del Stabat Mater.
En algunos lugares se le denomina Viernes de Concilio, el cual es tomado como día de ayuno y abstinencia, quedando proscrito el consumo de carnes.
Historia de una festividad
Esta antigua celebración mariana tuvo mucho arraigo en toda Europa y América, y aún hoy muchas de las devociones de la Santísima Virgen del tiempo de Semana Santa, tienen su día festivo o principal durante el Viernes de Dolores, que conmemora los sufrimientos de la Madre de Cristo durante la Semana Santa.
El Concilio Vaticano II consideró, dentro de las diversas modificaciones al calendario litúrgico, suprimir las fiestas consideradas "duplicadas", esto es, que se celebren dos veces en un mismo año; por ello la fiesta primigenia de los Dolores de Nuestra Señora el viernes antes del Domingo de Ramos fue suprimida, siendo reemplazada por la moderna fiesta de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre.
A pesar de ello, la Santa Sede contempla que, en los lugares donde se halle fervorosamente fecunda la devoción a los Dolores de María, este día puede celebrarse sin ningún inconveniente con todas las prerrogativas que le son propias.
FELICITAMOS A TODAS LOS QUE HOY CELEBRAN SU ONOMÁSTICA.
Especialmente felicitamos a nuestra querida María Dolores Valverde.
Nació en Reims, el 30 de abril de 1651 y fue el fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. A los 11 años de edad recibió la tonsura, y a los 16, fue nombrado miembro del capítulo de la Catedral de Reims. En 1670, ingresó en el seminario de San Sulpicio, en París y ocho años después fue ordenado sacerdote. Un canónigo de Reims le confió, en su lecho de muerte, la dirección de una escuela y un orfanatorio de niñas y el cuidado de las religiosas que estaban bajo su cargo y protección. En 1681 empezó formando a los 7 profesores que trabajaban en las escuelas. Este fue el principio de lo que en un futuro tomaría el nombre de "Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas". Inauguró cuatro escuelas, pero su principal preocupación era la formación de profesores, por lo que en 1687 estableció el primer Instituto para la formación de profesores en Reims, al que le siguieron el de París (1699) y el de Saint-Denis (1709).
Hacia 1695 escribió su tratado sobre la "Dirección de Escuelas", en el cual proponía su sistema educativo que consistía en reemplazar el método de instrucción individual y el llamado "sistema simultáneo". En 1717, San Juan dejó el cargo de superior y se dedicó a la formación de los novicios e internos, para quienes escribió varios libros, entre ellos un método de oración mental.
El santo muere el 7 de abril de 1719, un Santo, a los 76 años de edad.
Nació en 1350 en Valencia, España. Sus padres le inculcaron desde muy pequeñito una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los pobres. Le encargaron repartir las cuantiosas limosnas que la familia acostumbraba a dar. Así lo fueron haciendo amar el dar ayudas a los necesitados. Lo enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima. Estas costumbres las ejercitó durante toda su vida.
¿Quién de nosotros, al menos una vez, no ha experimentado el desconcierto de los apóstoles durante la tormenta, en mar abierto, cuando el Señor parecía dormir y la barca sumergirse? Y ¿quién no ha gritado, temiendo por su propia vida?: « ¿No te importa que muramos?». Es el misterio del silencio de Dios ante las calamidades que pueden, cercanas o lejanas, asediar nuestras frágiles existencias de hombres y mujeres, llamados a surcar las rutas de la historia. Sin embargo – en este domingo, ya próximo a la Semana Santa se nos plantea un cuestionamiento todavía más grande ¿por qué no hace algo para evitar el sufrimiento, el sufrir y el morir, a los que ama? ¡Cuántas veces, con Marta y María, gritamos nuestra decepción por su “ausencia” en el momento oportuno! El silencio aparente, la lejanía y el inmovilismo del Maestro son el problema. ¿Qué clase de amigo es?
Sin embargo, Jesús es verdaderamente nuestro amigo. Porque no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos. Como un verdadero amigo, solidario con nosotros, no nos evita las dificultades de la vida sino que las comparte con nosotros. No elimina la muerte, sino que entra en ella a la par de cada hombre que sufre. Si el Evangelio de Juan se abre con los primeros dos discípulos que “van y ven” donde vive el Maestro para estar con él, el último signo del Maestro – antes de la pasión – es su venir y ver dónde se encuentra el hombre depuesto en polvo de muerte. En su llanto reconocemos el dolor del Creador. De su grito percibimos el anuncio del Hijo del Hombre, que destruirá para siempre el muro de separación entre Dios y los hombres: el pecado y la muerte. Cristo no nos priva del morir, sino que nos saca de la muerte con la “compasión” de aquel que comparte el drama de la muerte, transformándolo.
ENTREGA DE PREMIOS :
V Concurso de Dibujo de Semana Santa del Grupo Joven de la Hermandad de Misericordia y Palma
El pasado sábado 1 de abril, se llevó a cabo la entrega de premios del Concurso de Dibujo con motivo de la Semana Santa, que organiza la Hermandad de Misericordia y Palma. El concurso, distribuido en tres categorías, fue ganado en dos de ellas por alumnas de nuestro centro. En concreto, la 1ª categoría dirigida a alumnado de 1º y 2º de Primaria la ganó Olga Arcos García, de 1º B. Por su parte, Ana Isabel Huertas Muñoz, de 5º curso, se alzó con el premio en la 3ª categoría.
El Señor mira el corazón del hombre; el hombre se queda en la apariencia; al menos el hombre que aún no ha dado el paso de ser oscuridad a ser luz en Cristo Señor. El que permanece en la oscuridad no sólo no se ve a sí mismo, sino que ni siquiera ve a los demás, no va más allá de la superficie, del aparentar, a menudo tan efímero y engañoso. El que no se deja “despertar” de la muerte oscura del propio pecado, no tiene la iluminación necesaria para mirar los corazones e inclinarse sobre las llagas de la humanidad que sufre, permaneciendo listo solo para juzgar y sentenciar a personas y situaciones.
Ciertamente el pecado es oscuridad y ceguera, es muerte de la cual solo Cristo puede sacarnos, iluminándonos y resurgiéndonos en él a la vida de gracia. Pero sin embargo, podemos preguntarnos, ¿de dónde viene entonces la ceguera del dolor, de la enfermedad, que prontamente es condenada por quien es ciego y no sabe mirar el corazón? ¿Quién ha pecado para que el ciego naciera tal?
Con demasiada frecuencia estamos inclinados a mirar el sufrimiento como no videntes, como una punición, una condena, una pena expiatoria de quizá cuál culpa cometida por nosotros conscientemente, o por otras personas, cargando inconscientemente el peso. El Maestro hoy da un vuelco total a la perspectiva: la enfermedad no es fruto de un pecado, sino “ocasión” para la manifestación de la acción salvífica de Dios. ¡No desgracia, sino gracia, para nosotros y para los demás!
¡Cuán ciegos somos al no quererlo saber ver y, viéndolo, acogerlo! Con frecuencia, apenas el sufrimiento golpea a la puerta de nuestra vida, estamos prontos a gritar “¿Qué mal he hecho?”
Por lo tanto, se necesita la fe del ciego de nacimiento que, aún a tientas y ante la sola palabra de Jesús, va a lavarse a la piscina de Siloé. Va con la confianza de quien sabe que el Señor lo está recreando como del barro que había plasmado al primer hombre, santo e inmaculado en el amor. Se necesita la humildad para reconocer que somos ciegos, necesitados de ser salvados, mucho más del pecado, que sanados de nuestras enfermedades; conscientes de que estas últimas son oportunidades para que se manifieste la gloria de Dios en nosotros, en tanto cuánto la primera de testimoniar la misericordia del Señor para con nosotros.
El IV Domingo de Cuaresma es un Domingo excepcional, esta Dominica cuarta de Cuaresma, se llama “Laetare", debido a la antífona gregoriana del Introito de la Misa, tomada del libro del Profeta Isaías (Is. 66, 10): Regocíjate, Jerusalén, vosotros, los que la amáis, sea ella vuestra gloria. Llenaos con ella de alegría, los que con ella hicisteis duelo, para mamar sus consolaciones; para mamar en delicia a los pechos de su gloria.
La liturgia de este Domingo se ve marcada por la alegría, ya que se acerca el tiempo de vivir nuevamente los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, se rompe el esquema litúrgico de la Cuaresma, con algunas particularidades:
1.- Predomina el carácter alegre
2.- Se usa color rosáceo en los ornamentos
3.- Los ornamentos pueden ser más bellamente adornados.
4.- Los diáconos pueden utilizar dalmática.
5.- Se puede utilizar el Órgano.
El Domingo Laetare nos invita a mirar más allá de la triste realidad del pecado, mirando a Dios, quien es fuente de infinita Misericordia. Es una nueva invitación a convertirnos de corazón hacia Dios, para amarlo y cumplir sus preceptos, que nos hacen libres. Así mismo, no se debe olvidar que permanecemos en Cuaresma, por lo cual el Domingo Laetare no es un alto de la penitencia, sino que es para recordarnos que siempre, detrás de toda penitencia está el deber de aborrecer el pecado, el propósito de no pecar más y de confesar los pecados, para así vivir en Gracia, que nos es otorgada por Dios en su infinita misericordia.
Esta gran fiesta tomó su nombre de la buena nueva anunciada por el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María, referente a la Encarnación del Hijo de Dios. Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.
El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.