El culto de santa Cecilia, bajo cuyo nombre fue construida en Roma una basílica en el siglo V, se difundió ampliamente a causa del relato de su martirio, en el que es ensalzada como ejemplo perfectísimo de la mujer cristiana, que abrazó la virginidad y sufrió el martirio por amor a Cristo.
Blog Educativo: Religión Católica. CEIP Luis Palacios Valdepeñas (Cuidad Real)
22 de noviembre de 2020
SANTA CECILIA
CALENDARIO LITÚRGICO O AÑO LITÚRGICO
¿Qué es el calendario o año litúrgico?
Lo de «año» lo entendemos bien: son 365 días, está claro, pero ¿litúrgico»?…
¿Qué es eso de «litúrgico»?
Pues viene de Liturgia, que es Conjunto de prácticas, ceremonias y/o ritos aprobados por la iglesia para rendir culto a Dios.
Por tanto Calendario Litúrgico sería la forma que tiene la Iglesia de repartir las celebraciones a lo largo de todo el año. A diferencia del calendario escolar, el Litúrgico no comienza en septiembre como este. Ni comienza en enero, como el Calendario anual que más conocemos.
¿Cuándo empieza y cuándo termina el año litúrgico?.
Se inicia el último domingo del mes de noviembre, fecha en que la Comunidad cristiana inicia la celebración del Tiempo de Adviento, tiempo de preparación de la Navidad: el nacimiento de Jesús. Concluye el sábado anterior a ese domingo pero del año natural siguiente.
¿Cómo se estructura?.
Se organiza en cinco tiempos litúrgicos:
ADVIENTO:
(Del latín: adventus Redemptoris, ‘venida del Redentor’) es el primer período del año litúrgico cristiano, que consiste en un tiempo de preparación espiritual para la celebración del nacimiento de Cristo. Su duración suele ser de 22 a 28 días, dado que lo integran necesariamente los cuatro domingos más próximos a la festividad de la Natividad (celebración litúrgica de la Navidad)
NAVIDAD:
(Del latín: nativitas, ‘nacimiento’) es una de las festividades más importantes del cristianismo, junto con la Pascua de resurrección y Pentecostés. Esta solemnidad, que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, se celebra el 25 de diciembre en la Iglesia católica, en la Iglesia anglicana, en algunas comunidades protestantes y en la Iglesia ortodoxa rumana.
CUARESMA:
(Del latín: quadragésima, ‘Cuadragésimo día (antes de la pascua)’) es el período del tiempo litúrgico (calendario cristiano) destinado por la Iglesia para la preparación de la fiesta de Pascua.
PASCUA:
(una adaptación del hebreo פסח (pésaj), que significa ‘paso’). La Pascua marca el final de la Semana Santa, en la que se conmemora la crucifixión y muerte de Jesús. El primer domingo de Pascua es la fiesta central del cristianismo, en la que se conmemora, la resurrección de Jesús al tercer día después de haber sido crucificado. A la Semana Santa le sigue un período de cincuenta días llamado Tiempo pascual, que termina con el Domingo de Pentecostés.
TIEMPO ORDINARIO:
Suele ser definido como «el tiempo en que Cristo se hace presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo»; un tiempo menor o un tiempo no fuerte. En el año litúrgico, se llama tiempo ordinario al tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento. Son treinta y tres o treinta y cuatro semanas en el transcurso del año.
POR WEB MAESTROPEDRO
CRISTO REY DEL UNIVERSO
La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.
La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.
Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.
Recursos sobre Jesucristo, Rey del Universo:
- La Fiesta
- ¿Porqué Jesucristo es Rey?
- La realeza de Cristo
- Frutos de la Fiesta de Cristo Rey
- Encíclica Quas Primas del Papa Pío XI sobre la Fiesta de Cristo Rey
- Reino de Dios
- Oraciones
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY: ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITÚRGICO
Último domingo del tiempo litúrgico
Con la celebración de Cristo, Rey del universo, termina el año litúrgico.
Esta fiesta, con tinte escatológico nos recuerda que el cántico cristológico de San Pablo a los filipenses se cumplirá y todos gozaremos con el Rey Jesús de la herencia que nos consiguió con su sangre: El Reino de su Padre Dios.
«Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.»
Filipenses 2, 6-11
Aspectos más relevantes
La fiesta de Cristo Rey cierra el año litúrgico. En ella se profesa que Cristo es el centro de toda la historia humana, el principio y el fin, el Alfa y la Omega. Jesús vino al mundo a anunciar el Reino de Dios, un Reino que no es de este mundo pero que se empieza a vivir aquí, en la tierra. Cristo reina en nosotros, su realeza procede de sus méritos, virtudes, servicio y amor. Su Reino es universal, es decir para siempre y para todos los que permanezcan unidos a Él.
Origen de la solemnidad
La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de marzo de 1925. El Papa quería animar a los católicos a reconocer en público su fe, y que quien manda y gobierna en la Iglesia es Cristo. La fijó en el domingo anterior a la solemnidad de todos los santos.
En 1970 el Papa Pablo VI dio a la fiesta su actual título completo: «Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo» y la trasladó al último domingo del año litúrgico, destacando más el carácter cósmico y escatológico del reinado de Cristo, apuntando el tiempo de Adviento que anuncia la venida gloriosa del Señor.
Se le daba también un sentido nuevo. Al terminar con esta fiesta se resaltaba la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Por eso esta fiesta tiene ante todo un sentido escatológico, ya que celebramos a Cristo como Rey de todo el universo.
Cristo Rey del universo y de cada uno de nosotros
Pero sobre todo, Cristo quiere reinar en el corazón de cada uno de nosotros. Para eso tenemos que dejarle entrar. Si se lo permitimos, el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De tal manera que vamos instaurando el Reino de Cristo en nosotros mismos y después en nuestros hogares, trabajo, amistades y ambiente.
La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres.
Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, primero tenemos que conocer a Cristo. Para ello es clave la lectura del Evangelio, la oración personal y los sacramentos. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial en nuestra vida y no sólo de forma teológica.
San Josemaría decía: «Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo». Tres etapas que resumen a la perfección el itinerario de vida cristiana.
Origen del grito: ¡Viva Cristo Rey!
A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.
Medita el Evangelio del domingo de Cristo Rey 2018
Curso interactivo sobre Jesucristo
Para profundizar más en la figura de Jesús te recomendamos este curso que tenemos en Argumentos sobre Jesucristo:
1. Cuestiones introductorias al estudio de Cristo
2. El testimonio bíblico sobre Cristo
3. El testimonio de la fe de la Iglesia en los primeros siglos
4. Cristología sistemática
5. Cristo, plenitud de gracia y de verdad
6. Cristo, mediador entre Dios y los hombres
7. Los misterios de la vida de Cristo y su eficacia redentora
8. La exaltación de Cristo
Otros recursos para conocer mejor a Cristo
- La vocación de los personajes del Evangelio
- Adorar a Cristo en la liturgia
- Adorar a Cristo en la Eucaristía
- Amar a Cristo en la Santa Misa y algunas ideas para vivirla mejor
- Los Sacramentos, signos visibles de la acción de Cristo en la Iglesia
- Evangelios en audio (para escucharlos en cualquier parte)
- Frases de los tres últimos Papas han pronunciado con motivo de esta fiesta
Otros enlaces de interés
- Encíclica Quas Primas: http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_11121925_quas-primas.html
- Homilía del Papa Francisco: http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/homilies/2016/documents/papa-francesco_20161120_omelia-chiusura-giubileo.html
- Conferencia “Origen del grito ¡Viva Cristo Rey! https://youtu.be/xgIIpKT1ddQ
- Novena a Cristo Rey: https://forosdelavirgen.org/13895/novena-a-cristo-rey/
Oración a Cristo Rey (compuesta por Pío XI)
¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Míranos humildemente postrados delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser; y a fin de vivir más estrechamente unidos a Ti, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a tu Sacratísimo Corazón.
Muchos, por desgracia, jamás te han conocido; muchos, despreciado tus mandamientos, te han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadécete de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Corazón Santísimo.
Señor, sé Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Ti, sino también de los pródigos que te han abandonado; haz que vuelvan pronto a la casa paterna porque no perezcan de hambre y de miseria.
Sé Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Ti; devuélvelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Concede, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a tu Iglesia; otorga a todos los pueblos la tranquilidad en el orden, haz que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén
21 de noviembre de 2020
PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Hoy, celebramos junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María.
Es en una antigua y piadosa tradición que encontramos los orígenes de esta fiesta mariana que surge en el escrito apócrifo llamado "Protoevangelio de Santiago". Este relato cuenta que cuando la Virgen María era muy niña sus padres San Joaquín y Santa Ana la llevaron al templo de Jerusalén y allá la dejaron por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida muy cuidadosamente respecto a la religión y a todos los deberes para con Dios.
Históricamente, el inicio de esta celebración fue la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén en el año 543. Estas fiestas se vienen conmemorando en Oriente desde el siglo VI, inclusive el emperador Miguel Comeno cuenta sobre esto en una Constitución de 1166.
Más adelante, en 1372, el canciller en la corte del Rey de Chipre, habiendo sido enviado a Aviñón, en calidad de embajador ante el Papa Gregorio XI, le contó la magnificencia con que en Grecia celebraban esta fiesta el 21 de noviembre. El Papa entonces la introdujo en Aviñón, y Sixto V la impuso a toda la Iglesia.
20 de noviembre de 2020
SAN FELIX DE VALOIS
Algunos escritos de la "Orden de la Santísima Trinidad", afirman que San Félix llevaba el apellido de Valois porque pertenecía a la familia real de Francia, pero en realidad el nombre proviene de la provincia de Valois donde habitó originalmente.
Según se dice, vivió como ermitaño en el bosque de Gandelu, en la diócesis de Soissons, en un pueblo llamado Cerfroid. Tenía el propósito de pasar su vida en la oscuridad pero Dios lo dispuso de otro modo. En efecto, San Juan de Mata, discípulo de San Félix, le propuso que fundase una orden para el rescate de los cautivos. Aunque el santo tenía ya setenta años, se ofreció a hacer y sufrir cuanto Dios quisiera por un fin tan noble. Así, los dos santos partieron juntos a Roma en el invierno de 1197 para solicitar la aprobación de la Santa Sede.
San Félix propaga la orden en Italia y Francia. En París fundó el convento de San Maturino y cuando San Juan volvió a Roma, San Félix a pesar de su avanzada edad, administró la provinica francesa y la casa madre de la orden en Cerfroid. Ahí murió a los ochenta y seis años de edad en 1212.
Según la tradición de los trinitarios, los dos santos fueron canonizados por el Papa Urbano IV en 1262. Alejandro VII confirmó el culto de los dos fundadores en 1666.
19 de noviembre de 2020
SAN CRISPÍN DE VITERBO
A pesar de que me consideran un santo alegre, la impresión que me queda de mi infancia es la muerte de mi padre, Ubaldo. Menos mal que mi tío Francisco -su hermano- me quería mucho y me envió, primero, a la escuela de los Jesuitas para que aprendiera gramática y, después, me acogió como aprendiz en su taller de zapatero, donde estuve hasta los 25 años en que me fui a los frailes.
Recuerdo que, de pequeño, me daba por ayudar misas y ayunar; y como era de natural delgaducho y enfermizo, mi tío solía decirle a mi madre: «Tú vales para criar pollos, pero no hijos. ¿No ves que el niño no crece porque no come?» Y en adelante él se encargaba de hacerme comer; pero al ver que seguía igual de pequeño y escuchimizado se dio por vencido y le dijo a mi madre: «Déjalo que haga lo que quiera, porque mejor será tener en casa un santo delgado que un pecador gordo».
Capuchino como San Félix
La gota que colmó el vaso para que me decidiera a hacerme Capuchino fue el ver a un grupo de novicios que había bajado a la iglesia con motivo de unas rogativas para pedir la lluvia; pero en realidad ya lo había pensado mucho y había leído y releído la Regla de San Francisco, por lo que mi opción era madura. Además no quería ser sacerdote, sino como San Félix de Cantalicio, hermano laico.
Inmediatamente me fui a hablar con el Provincial, quien me admitió en la Orden, pensando que ya estaba todo superado, pero no fue así. Los primeros que se opusieron fueron mis familiares, empezando por mi madre. La pobre ya era mayor y con una hija soltera a su cargo; además, no comprendía que, habiendo hecho los estudios con los Jesuitas, no quisiera ser sacerdote sino laico. Sin embargo, la decisión estaba tomada. Procuré que las atendieran unas personas del pueblo y me marché al noviciado.
Cual no sería mi sorpresa al comprobar que, a pesar de haberme admitido ya el Provincial, el maestro de novicios se negaba a recibirme. Ante mi insistencia me contestó: «Bueno, si al Provincial le compete el recibir a los novicios, a mí me toca probarlos».
Y bien que me probó. Lo primero que hizo fue darme una azada y enviarme al huerto a cavar mañana y tarde. En vista de que resistía, me mandó como ayudante del limosnero para que cargara con la alforja, a ver si aguantaba las caminatas bajo el sol y la lluvia. Y las aguanté. Por último, no se le ocurrió otra cosa que nombrarme enfermero para que atendiera a un fraile tuberculoso. Parece que no lo hice del todo mal, pues tanto el enfermo como el maestro de novicios se ufanaban, cuando ya eran viejos, de haberme tenido como enfermero y como novicio.
Una vez profesé me enviaron por distintos conventos, hasta que recalé en Orvieto. Allí estuve durante cuarenta años de limosnero; es decir, toda mi vida, pues sólo me llevaron a Roma para morir.
Durante los cincuenta años que estuve con los frailes hice de todo menos de zapatero, que era mi profesión. Fui cocinero, enfermero, hortelano y limosnero; y es que yo no era una bestia para estar en la sombra, sino al fuego y al sol; es decir, que debía estar o en la cocina o en la huerta. Sin embargo la mayoría de mi vida se quemó buscando comida para los frailes y atendiendo las necesidades de la gente.
Pidiendo pan y dando cariño
Lo primero que hacía antes de salir del convento era cantar el Ave, maris stella; después, rosario en mano, me dirigía a la limosna, que, de ordinario, solía hacer pronto. Para ahorrar tiempo le pedía antes al cocinero qué necesitaba, y así me limitaba a pedir solamente lo necesario.
Como había muchos pobres, procuraba dirigir las limosnas que sobraban a una casa del pueblo para que desde allí se redistribuyeran; así satisfacía la solidaridad de los pudientes y la necesidad de los pobres.
Tan convencido estaba de que gran parte de la miseria proviene de la injusticia, que no me podía contener ante los abusos de los patronos para con los trabajadores. Cuando alguno tenía que venir al convento procuraba que lo trataran bien, porque al trabajo hay que ir de buena gana.
Una vez que un defraudador me pidió que rogara por su salud, le contesté que cuando pagase lo que debía a sus acreedores y a su servidumbre entonces pediría a la Virgen que lo curara. Y es que me gustaba visitar a los enfermos y encarcelados; no sólo para darles buenos consejos sino para remediarles, en la medida de mis posibilidades, sus necesidades.
No sé por qué, la gente acudía a mí en busca de remedios y se iba con la sensación de que hacía milagros. Incluso me cortaban trozos del manto para hacerse reliquias; hasta que no pude más y les grité: «Pero ¿qué hacéis? Cuánto mejor sería que le cortaseis la cola a un perro.. . ¿Estáis locos? ¡Tanto alboroto por un asno que pasa!»
Sin embargo no todo era pedir limosna y atender a la gente. Esto era la consecuencia. Mi opción había sido seguir a Jesús y eso conlleva mucho tiempo de estar con él y aprender sus actitudes. Mi devoción a la Virgen me ayudó mucho. Me gustaba exteriorizar mis sentimientos para con ella adornando sus altares. Cuando estuve trabajando de hortelano coloqué una imagen de María en una pequeña cabaña. Delante de ella esparcía restos de semillas y migajas de pan para que se acercasen los pájaros, se alimentasen y cantasen, ya que hubiera querido que todas las criaturas del universo se juntasen para alabar en todo momento a la madre de Dios.
El reuma y la gota acabaron conmigo. Ya no podía casi andar y tuve que retirarme a la enfermería de Roma. Pero allí también la gente venía a buscarme. ¿Por qué la gente acudía a mí si no era ni santo ni profeta?
En el mes de mayo la enfermedad fue a más. Para no estropear la fiesta de San Félix le aseguré al enfermero que no me moriría ni el 17 ni el 18. Y, efectivamente, el Señor me escuchó y me llevó en su compañía el 19 de mayo de 1750.







