8 de enero de 2026

SAN SEVERINO - EL PREDICADOR

                                


Murió el 9 de enero del año 482, pronunciado la última frase del último salmo de la S. Biblia (el 150): "Todo ser que tiene vida, alabe al Señor".

Había nacido probablemente en Roma el año 410. Es patrono de Viena (Austria) y de Baviera (Alemania).

Su biografía la escribió su discípulo Eugipio.

A nadie decía que era de Roma (la capital del mundo en ese entonces) ni que provenía de una familia noble y rica, pero su perfecto modo de hablar el latín y sus exquisitos modales y su trato finísmo lo decían.

San Severino tenía el don de profecía (anunciar el futuro) y el don de consejo, dos preciosos dones que el Espíritu Santo regala a quienes le rezan con mucha fe.

Se fue a misionar en las orillas del río Danubio en Austria y anunció a las gentes de la ciudad de Astura que si no dejaban sus vicios y no se dedicaban a rezar más y a hacer sacrificios, iban a sufrir un gran castigo. Nadie le hizo caso, y entonces él, declarando que no se hacía responsable de la mala voluntad de esas cabezas tan duras, se fue a la ciudad de Cumana. Pocos días después llegaron los terribles "Hunos", bárbaros de Hungría, y destruyeron totalmente la ciudad de Astura, y mataron a casi todos sus habitantes.

En Cumana, el santo anunció que esa ciudad también iba a recibir castigos si la gente no se convertía. Al principio nadie le hacía caso, pero luego llegó un prófugo que había logrado huir de Astura y les dijo: "Nada de lo terrible que nos sucedió en mi ciudad habría sucedido si le hubiéramos hecho caso a los consejos de este santo. El quiso liberarnos, pero nosotros no quisimos dejarnos ayudar". Entonces las gentes se fueron a los templos a orar y se cerraron las cantinas, y empezaron a portarse mejor y a hacer pequeños sacrificios, y cuando ya los bárbaros estaban llegando, un tremendo terremoto los hizo salir huyendo. Y no entraron a destruir la ciudad.

En Faviana, una ciudad que quedaba junto al Danubio, había mucha carestía porque la nieve no dejaba llegar barcos con comestibles. San Severino amenazó con castigos del cielo a los que habían guardado alimentos en gran cantidad, si no los repartían. Ellos le hicieron caso y los repartieron. Entonces el santo, acompañado de mucho pueblo, se puso a orar y el hielo del río Danubio se derritió y llegaron barcos con provisiones.

Su discípulo preferido, Bonoso, sufría mucho de un mal de ojos. San Severino curaba milagrosamente a muchos enfermos, pero a su discípulo no lo quiso curar, porque le decía: "Enfermo puedes llegar a ser santo. Pero si estás muy sano te vas a perder." Y por 40 años sufrió Bonoso su enfermedad, pero llegó a buen grado de santidad.

El santo iba repitiendo por todas partes aquella frase de la S. Biblia: "Para los que hacen el bien, habrá gloria, honor y paz. Pero para los que hacen el mal, la tristeza y castigos vendrán" (Romanos 2). Y anunciaba que no es cierto lo que se imaginan muchos pecadores: "He pecado y nada malo me ha pasado". Pues todo pecado trae castigos del cielo. Y esto detenía a muchos y les impedía seguir por el camino del vicio y del mal.

San Severino era muy inclinado por temperamento a vivir retirado rezando y por eso durante 30 años fue fundando monasterios, pero las inspiraciones del cielo le mandaban irse a las multitudes a predicar penitencia y conversión. Buscando pecadores para convertir recorría aquellas inmensas llanuras de Austria y Alemania, siempre descalzo, aunque estuviera andando sobre las más heladas nieves, sin comer nada jamás antes de que se ocultara el sol cada día; reuniendo multitudes para predicarles la penitencia y la necesidad de ayudar al pobre y sanando enfermos, despertando en sus oyentes una gran confianza en Dios y un serio temor a ofenderle; vistiendo siempre una túnica desgastada y vieja, pero venerado y respetado por cristianos y bárbaros, y por pobres y ricos, pues todos lo consideraban un verdadero santo.

Se encontró con Odoacro, un pequeño reyezuelo, y le dijo proféticamente: "Hoy te vistes simplemente con una piel sobre el hombro. Pronto repartirás entre los tuyos los lujos de la capital del mundo". Y así sucedió. Odoacro con sus Hérulos conquistó Roma, y por cariño a San Severino respetó el cristianismo y lo apoyó.

Cuando Odoacro desde Roma le mandó ofrecer toda clase de regalos y de honores, el santo lo único que le pidió fue que respetara la religión y que a un pobre hombre que habían desterrado injustamente, le concediera la gracia de poder volver a su patria y a su familia. Así se hizo.

Giboldo, rey de los bárbaros alamanos, pensaba destruir la ciudad de Batavia, San Severino le rogó por la ciudad y el rey bárbaro le perdonó por el extraordinario aprecio que le tenía a la santidad de este hombre.

En otra ciudad predicó la necesidad de hacer penitencia. La gente dijo que en vez de enseñarles a hacer penitencia les ayudara a comerciar con otras ciudades. El les respondió: "¿Para qué comerciar, si esta ciudad se va a convertir en un desierto a causa de la maldad de sus habitantes?". Y se alejó de la ciudad. Poco después llegaron los bárbaros y destruyeron la ciudad y mataron a mucha gente.

En Tulnman llegó una terrible plaga que destruía todos los cultivos. La gente acudió a San Severino, el cual les dijo: "El remedio es rezar, dar limosnas a los pobres y hacer penitencia". Toda la gente se fue al templo a rezar con él. Menos un hacendado que se quedó en su campo por pereza de ir a rezar. A los tres días la plaga se había ido de todas las demás fincas, menos de la inca del haciendo perezoso, el cual vio devorada por plagas toda su cosecha de ese año.

En Kuntzing, ciudad a las orillas del Danubio, este río hacía grandes destrozos en sus inundaciones, y le hacía mucho daño al templo católico que estaba construido a la orilla de las aguas. San Severino llegó, colocó una gran cruz en la puerta de la Iglesia y dijo al Danubio: "No te dejará mi Señor Jesucristo que pases del sitio donde está su santa cruz". El río obedeció siempre y ya nunca pasaron sus crecientes del lugar donde estaba la cruz puesta por el santo.

El 6 de enero del año 482, fiesta de la Epifanía, sintió que se iba a morir, llamó entonces a las autoridades civiles de la ciudad y les dijo: "Si quieren tener la bendición de Dios respeten mucho los derechos de los demás. Ayuden a los necesitados y esmérense por ayudar todo lo más posible a los monasterios y a los templos". Y entonando el salmo 150 se murió, el 8 de enero.

A los seis años fueron a sacar sus restos y lo encontraron incorrupto, como si estuviera recién enterrado. Al levantarle los párpados vieron que sus bellos ojos azules brillaban como si apenas estuviera dormido.

Sus restos han sido venerados por muchos siglos, en Nápoles.

En Austria todavía se conserva en uno de los conventos fundados por él, la celda donde el santo pasaba horas y horas rezando por la conversión de los pecadores y la paz del mundo.



 

 



¡ YA ESTAMOS DE VUELTA !






 

21 de diciembre de 2025

CERRADO POR VACACIONES NAVIDEÑAS 2025


 

¡FELIZ NAVIDAD!



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IV DOMINGO DE ADVIENTO 2025 - CICLO A


Abrimos la última parte de la ventana del Adviento, la ventana de nuestra vida. Necesitamos abrir de par en par el corazón, dejar que entre la luz nueva que ilumina lo que aún está oscuro, limpiar lo que nos impide ver y permitir que el VIENTO del Adviento renueve lo que está cansado o roto.

Este domingo, al abrir el último cuarto de la ventana, descubrimos a SAN JOSÉ, el hombre silencioso y fiel, que se apoya en el bastón de la fe, que escucha a Dios incluso cuando no entiende bien lo que ocurre. Él abre su propia ventana interior, deja que entre la luz del Espíritu y acepta con fe el misterio de Jesús.

Con alegría, encendemos la cuarta vela y decimos: “Señor Jesús, queremos estar despiertos para cuando Tú llegues.”

ORACIÓN PARA ENCENDER EL CUARTO CIRIO DE ADVIENTO

Señor Jesús,

en este cuarto domingo de Adviento

encendemos la cuarta vela.

Te presentamos a San José,

hombre silencioso y fiel,

que abrió su corazón a tu palabra

y acogió tus planes superando su miedo.

Él supo limpiar los cristales de su mente y de su corazón,

y confió en tu Palabra cuando todo parecía incierto.

Ayúdanos a apoyarnos, como San José, en el bastón de la fe

para acoger a Jesús con la misma humildad y prontitud.

Que tu viento del Adviento

acabe de limpiar lo que oscurece nuestro corazón

y nos prepare para recibirte con alegría.

Haznos sembradores de paz

en nuestra familia, en la escuela,

en nuestro barrio y allí donde estemos.

Ven, Señor Jesús, Emmanuel, quédate con nosotros

y transforma nuestra vida con tu luz. Amén.

PETICIONES DE PERDÓN

Comenzamos la celebración, pidiendo perdón al Señor, por no vivir la alegría de su venida y de su presencia en nuestras vidas.

• Por todas las veces en que vivimos cada uno por nuestro lado, sin pensar en los demás. Señor ten piedad.

• Por todas las veces en que nos aislamos y no queremos participar en las cosas que se organizan, Cristo ten piedad.

• Por todas las veces en que no consolamos ni ayudamos a los que están tristes y nos necesitan, Señor ten piedad.

VER:

Comenzábamos el tiempo de Adviento diciendo que es como cuando abrimos una ventana por la mañana para que entre la luz nueva y el aire fresquito que lo cambia todo. Por eso, durante el Adviento hemos tenido delante el dibujo de una ventana, que hemos ido abriendo cada domingo.

Decíamos también que, si en nuestra casa no abrimos las ventanas y estamos con las persianas bajadas, el aire no huele bien, la casa está oscura, se hacen humedades, no vemos bien para limpiar… Y aunque nosotros no lo notemos, si llega alguien de visita sí que lo nota.

Eso mismo ocurre con nuestra alma: a veces la tenemos como cerrada y con la persiana bajada. Esto ocurre cuando no rezamos, cuando no participamos en la Eucaristía, cuando nuestro comportamiento no es conforme a lo que Jesús nos enseña… Y cuando esto ocurre, lo que hacemos y pensamos “no huele bien”, el pecado va dejando telarañas y suciedad en nuestra alma… Y nosotros no nos damos cuenta, pero los demás sí que lo notan.

En Navidad celebramos que Jesús viene a visitarnos. Por eso, para recibirle bien, hemos estado “ventilando” nuestra alma y “limpiando los cristales”, es decir, nuestra mirada. Así hemos podido ver mejor la “suciedad y telarañas”, es decir, el pecado, para poderlo limpiar con el Sacramento de la

Reconciliación. Y, además, hemos dejado entrar el “aire limpio” del Espíritu Santo, que renueva y oxigena nuestra alma.

Y así nos hemos preparado bien para recibir la visita de Jesús.

JUZGAR:

La Palabra de Dios, cada domingo de Adviento, nos ha ayudado a abrir cada vez más la ventana de nuestra vida y a ir limpiando todo lo que nos impide ver bien a Jesús, que viene a nosotros.

El primer domingo, con el ejemplo del relato de Noé, se nos invitaba a no estar “adormilados” e identificar qué cosas me hacen estar distraído, y nos proponíamos rezar al comenzar el día o al terminarlo, o leer el

Evangelio, y no faltar ningún domingo a la Eucaristía, porque sabemos que viene Jesús y hemos de estar preparados.

El segundo domingo, con la llamada de Juan el Bautista a convertirnos, nos propusimos identificar qué “desorden” y qué “trastos” hay en nuestra vida que nos impiden acoger bien a Jesús. Y decíamos que, con la fuerza del Espíritu y sus dones, nos iremos “convirtiendo”, nos iremos renovando por dentro y haremos como el saltamontes, no dejaremos que los obstáculos nos detengan. Y así estaremos preparando y allanando bien el camino para recibir a Jesús.

La semana pasada decíamos que, ante el ya próximo nacimiento de Jesús, teníamos que preparar con paciencia la “canastilla” con todo lo que vamos a necesitar para celebrar su nacimiento. Y que no se trataba de hacer más cosas, sino de hacer mejor lo que ya estoy haciendo para que en mi vida entre el viento del Adviento, revisando los compromisos de las semanas anteriores y viendo si los estoy cumpliendo o necesito hacer algunos ajustes.

Y también preparábamos la “canastilla” con obras de amor, gestos de misericordia… que vemos a nuestro alrededor y que nosotros mismos también podemos hacer.

Y esta semana abrimos la última parte de la ventana del Adviento y vamos a limpiar el último cristal. Y nos encontramos con José, el esposo de María.

Hemos escuchado que José “era justo”. Esto significa que era un hombre de fe, y que toda su vida “se ajustaba” a Dios, procuraba hacer siempre lo que Dios le pide. Siguiendo con nuestro ejemplo, podríamos decir que José tenía la ventana de su vida bien abierta, y los cristales muy limpios, y que lo vería todo claro y bien.

Pero José se ha encontrado con una situación que no comprende: su novia, María, está esperando un hijo, pero ellos todavía no viven juntos…

Y de repente José siente como si por la ventana de su vida dejase de entrar la luz de Dios: está confundido, se siente herido en su corazón, sin entender lo que ocurre, no ve claro lo que está ocurriendo, lo ve todo borroso…

Pero José no “cierra la ventana”, José no se encierra en sí mismo, sino que sigue abierto a Dios, y por eso puede volver a entrar la luz, cuando el ángel le dice: “No temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo…”

Y, como José conocía la Escritura, se acuerda de lo que había dicho el profeta Isaías, y que hoy hemos escuchado en la primera lectura: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre

Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”” Y así puede creer que lo que está ocurriendo es lo que Dios había prometido, y por eso, deja pasar la luz del Espíritu, se fía de Dios y acoge a María y a su Hijo.

ACTUAR:

Ya hemos abierto completamente la ventana de nuestra vida para dejar que entre la Luz de Dios y el viento del Espíritu, y ya hemos limpiado nuestra mirada para distinguir los signos de la presencia de Jesús. El ejemplo de San José nos da varias pistas para vivir bien la Navidad, para acoger a Jesús:

Lo primero, revisar si nosotros “somos justos”, si nuestras palabras y obras “se ajustan” a lo que Dios nos pide en el Evangelio.

También podemos pensar cómo reaccionamos cuando ocurre algo en nuestra vida como lo que le ocurrió a José, algo que nos descoloca (un problema, un contratiempo, un desengaño…) para ver si nos cerramos en banda o permanecemos abiertos a Dios, aunque no veamos claro lo que ocurre ni qué hacer.

Y gracias San José nos damos cuenta de lo importante que es conocer la Palabra de Dios, para tenerla presente y ver cómo ilumina todas las situaciones por las que pasamos, las buenas y también las difíciles, y comprobar si tenemos fe, si nos fiamos de lo que Dios nos dice en su Palabra, aunque a veces sigamos sin tenerlo todo claro.

Ya estamos a punto de celebrar la Navidad: la ventana de nuestra vida está completamente abierta y ya vemos al Niño Dios. Como ha dicho Isaías, celebramos que Jesús es el “Dios-con-nosotros”, el Dios que quiere estar con nosotros en todos los momentos y circunstancias de la vida.

Tengamos presente la imagen de la ventana durante estos días y recordemos lo que hemos ido diciendo, para que nuestra vida, como la de san José, siga siempre bien abierta a Dios para que entre su Luz, que es

Jesús, su Hijo, que nace una vez más entre nosotros para que tengamos su misma Vida.











SAN PEDRO CANISIO



Este santo, llamado "el segundo evangelizador de Alemania", es venerado como uno de los creadores de la prensa católica y fue el primero del numeroso ejército de escritores jesuitas.

Nació en Nimega, Holanda en 1521. A los 19 años, consiguió la licenciatura en teología, y para complacer a su padre se dedicó a especializarse en abogacía. Sin embargo, tras realizar algunos Ejercicios Espirituales con el Padre Favro, que era compañero de San Ignacio, se entusiasmó por la vida religiosa, hizo votos o juramento de permanecer siempre casto, y prometió a Dios hacerse jesuita.

Fue admitido en la comunidad y los primeros años de religioso los pasó en Colonia, Alemania, dedicado a la oración, el estudio, la meditación y la ayuda a los pobres. Fue muy caritativo y amable con las personas que le discutían, pero tremendo e incisivo contra los errores de los protestantes.

San Pedro Canisio tenía una especial cualidad para resumir las enseñanzas de los grandes teólogos y presentarlas de manera sencilla para que el pueblo pudiese entender. Logró redactar dos Catecismos, uno resumido y otro explicado. Estos dos libros fueron traducidos a 24 idiomas y en Alemania se propagaron por centenares y millares.

En los treinta años de su incansable labor de misionero recorrió treinta mil kilómetros por Alemania, Austria, Holanda e Italia. Parecía incansable, y a quien le recomendaba descansar un poco le respondía: "Descansaremos en el cielo".

Por muchas ciudades de Alemania fue fundando colegios católicos para formar religiosamente a los alumnos. Además, ayudó a fundar numerosos seminarios para la formación de los futuros sacerdotes. Alemania, después de San Pedro Canisio, era más católico. San Pedro Canisio se dio cuenta del inmenso bien que hacen las buenas lecturas. se propuso formar una asociación de escritores católicos.

Estando en Friburgo el 21 de diciembre de 1597, después de haber rezado el santo Rosario, exclamó lleno de alegría y emoción: "Mírenla, ahí esta. Ahí está". Y murió. La Virgen Santísima había venido para llevárselo al cielo.

El Sumo Pontífice Pío XI, después de canonizarlo, lo declaró Doctor de la Iglesia, en 1925.








 




20 de diciembre de 2025

SANTO DOMINGO DE SILOS

Nació en La Rioja, España, cerca del año 1000. Entró de religioso con los Padres Benedictinos en el famoso monasterio de san Millán de la Cogolla, y estando allí, hizo grandes progresos espirituales recibiendo del Espíritu Santo la inspiración para interpretar los temas de la Revelación divina contenidos en la Sagrada Biblia.
Llegó a ser superior del convento, y en sólo dos años restauró totalmente aquella construcción que ya estaba deteriorada.
Un día llegó el rey de Navarra a exigirle que le entregara los cálices sagrados y lo más valioso que hubiera en el convento para dedicar todo esto a los gastos de guerra. Santo Domingo se le enfrentó valientemente y le dijo: "Puedes matar el cuerpo y a la carne hacer sufrir pero sobre el alma no tienes ningún poder. El evangelio me lo ha dicho, y a él debo creer que sólo al que al infierno puede echar el ama, a ese debo temer".
El rey de Navarra, lleno de indignación desterró al abad Domingo. Al enterarse de lo ocrrido, el rey Fernando I de Castilla, lo mandó llamar y le confió el Monasterio de Silos, que estaba en un sitio estéril y alejado; además se hallaba en estado de total abandono y descuido, tanto en lo material como en lo espiritual.
Santo Domingo demostró ser un genio organizador con un talento para la restauración. Levantó un monasterio ideal, y formó, entre otras cosas, una biblioteca llena de los mejores libros de ese tiempo, transformando aquella casa en un lugar de trabajo y oración.
Santo Domingo de Silos logró liberar a más de 300 cristianos que estaban prisioneros y eran utilizados como esclavos por los musulmanes. Por esta razón se le representa frecuentemente acompañado de hombres con cadenas.
El biógrafo, que escribió sobre la vida de este santo, poco después de su muerte, dice que no había enfermedad que las oraciones de este santo no lograran curar.
Y tras 96 años de su muerte, el santo se apareció en sueños a la mamá de Santo Domingo de Guzmán para anunciarle que tendría un hijo que sería un gran apóstol. Por eso cuando el niño nació lo llamaron Domingo en honor al santo de Silos. Es por ello también que muchas madres en España se encomiendan al santo Domingo de Silos para obtener que su hijo nazca bien y que cuando crezca lleve una vida santa.
Murió el 20 de diciembre del año 1073, y todavía se conserva el famoso monasterio de Santo Domingo.