Nació en África. Era abad de Nérida, cerca de Nápoles cuando el Papa San Vitalinano lo escogió por su ciencia y virtud para instruir a la nación inglesa de Canterbury, aún joven en la fe. San Adrián trató de declinar la elección recomendando a San Teodoro para el cargo, pero se mostró dispuesto a compartir los trabajos de la misión.
El Papa accedió a su petición y lo nombró asistente y consejero del nuevo Obispo. San Teodoro lo nombró abad del monasterio de San Pedro y San Pablo de Canterbury, donde nuestro santo enseñó el griego, el latín, la ciencia de los Padres, y sobre todo la virtud. San Adrián ilustró el país con su doctrina y el ejemplo de su vida, durante treinta y nueve años. Murió el 9 de enero del año 710.
El Tiempo Ordinario, o más propiamente dicho Tiempo Durante
el Año, es el espacio más largo dentro del Año Litúrgico. Su nombre no significa
que sea «ordinario» en el sentido de tener poca importancia, o ser
insignificante. Con ese nombre solo se le quiere distinguir de los “tiempos
fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad, con su preparación y
prolongación respectiva. Es un tiempo menor o «menos fuerte» en relación con
los demás, el más antiguo dentro de la organización del año litúrgico y el que
ocupa la mayor parte, 33 ó 34 semanas, de las 52 que existen.
Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, I
este tiempo se dividía en dos partes denominadas tiempo después de epifanía y
tiempo después de pentecostés, respectivamente. Los domingos de cada parte
tenían su propia numeración sucesiva independientemente de la totalidad de la
serie. Ahora, en cambio, todos forman una sola serie, de manera que al
producirse la interrupción de tres meses con la cuaresma y la pascua, la serie
continúa después del domingo de pentecostés. Pero sucede que unos años empieza
el tiempo ordinario más pronto que otros —a causa del ciclo natalicio—. Esto
hace que tenga las treinta y cuatro semanas o solamente treinta y tres. En este
caso, al producirse la interrupción de la serie, se elimina la semana que tiene
que venir a continuación de la que queda interrumpida. Hay que tener en cuenta,
no obstante, que la misa del domingo de Pentecostés y la de la Solemnidad de la
Santísima Trinidad sustituyen a las celebraciones dominicales del tiempo
ordinario
- Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan
33 o 34 semanas en el curso del año, en las cuales no se celebra algún aspecto
peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de
Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo
recibe el nombre de Tiempo Ordinario.
- El Tiempo Ordinario comienza el lunes que sigue al domingo
posterior al 6 de enero, es decir, lunes posterior a la celebración del Bautismo
del Señor y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma, inclusive. De nuevo
comienza el lunes después del domingo de Pentecostés y termina antes de las
primeras Vísperas del domingo I de Adviento (Normas Universales sobre el Año
Litúrgico, 43-44)
De estas normas se desprende la importancia de este ciclo en
el año litúrgico: es un tiempo que nos ayuda a vivir el Misterio de Cristo en
su plenitud, llevándonos hacia el encuentro con Él en lo cotidiano e
instruyéndonos a través de la Palabra organizada en los diferentes
leccionarios. Descubrimos que en cada día de nuestra vida nos encontramos con
la salvación que Cristo nos ofrece permanentemente, y que la reconciliación con
Dios no está reservada solo para los «tiempos fuertes».
Su contenido se desarrolla con más naturalidad que los
tiempos fuertes, en los que predomina una temática muy concreta. El tiempo
ordinario no celebra un misterio particular de la historia de la salvación,
sino que se celebra al mismo misterio de Cristo en su plenitud.La lectura continuada, por ejemplo de un
evangelio específico para un ciclo determinado, permite al pueblo de Dios ir
profundizando en un orden cronológico, si se quiere llamar así, la historia de
la salvación.
La nueva distribución de las lecturas en tres ciclos
dominicales y dos feriales es una respuesta a la petición del Concilio Vaticano
II:
A fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con
más abundancia para los fieles ábranse con mayor amplitud los tesoros de la
Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las
partes más significativas de la Sagrada Escritura (SC 51).
El domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es
dedicado a celebrar el Bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 8 de
enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación
del Señor, es decir, el Tiempo Navideño. Es también el domingo que da paso al
tiempo durante el año, llamado también Tiempo Ordinario.
Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno
de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía qué hacer. Llegó el
Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que
necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace
referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:
Hay una diferencia importante entre los dos bautismos:
El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento
para el perdón de los pecados.
El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que
nos hace "partícipes de la naturaleza divina”
"No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su
sandalia..." trabajo reservado al más inútil de los esclavos... Juan
destaca la infinita distancia entre él y Jesús...
¿Por qué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [Es
una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta
escandalosa]...
Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el
"modo" que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los
pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de
penitencia... Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se
avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la
llegada del Reino de Dios... así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando
tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un
delincuente...
Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy
"especial": ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo
bautismo:
El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados,
como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre
Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con
Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para
nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad,
divinizada.
En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el
Padre no "presenta" a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se
dirige a Él (“Tú eres mi Hijo...”): Cristo nos representa a todos, que desde
ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre... Cuando somos
bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente:
somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y
nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO...